El fanzine como herramienta de memoria, feminismo y comunidad

  • El fanzine se consolida como espacio de denuncia, apoyo mutuo y reparación simbólica para mujeres migrantes y colectivos de búsqueda.
  • Las genealogías feministas del fanzine en España ponen el foco en la creación hecha por chicas y sus aportes a las subculturas.
  • Artistas y proyectos autogestionados utilizan el formato fanzine para tejer redes locales e internacionales y visibilizar trabajos independientes.
  • Festivales, ferias y espacios comunitarios impulsan una escena fanzinera viva, diversa y ligada a luchas sociales y feministas.

Fanzine y autoedición

El universo del fanzine se ha convertido en uno de los territorios más fértiles para contar historias que rara vez encuentran hueco en los canales convencionales. Desde relatos migrantes hasta genealogías feministas, pasando por proyectos artísticos autogestionados, estas publicaciones artesanales funcionan como una especie de laboratorio donde se cruzan memoria, activismo y creación.

En los últimos años, distintas iniciativas en España y en otros puntos del mundo hispanohablante han demostrado que un fanzine puede ser mucho más que una revista casera: también es una herramienta de denuncia, acompañamiento y construcción de comunidad. Mujeres migrantes, autoras feministas y artistas independientes están utilizando este formato para archivar experiencias, sanar heridas colectivas y trazar puentes entre escenas locales e internacionales.

Fanzines para sanar: experiencias migrantes y violencias de género

Uno de los ejemplos más potentes de este uso social del formato es el proyecto “Sanar, resistir, renacer”, un fanzine colectivo impulsado por el Movimiento por la Paz (MPDL) en Cantabria. Esta publicación nace de un proceso de encuentros semanales en los que un grupo de mujeres migrantes compartió sus vivencias personales ligadas al desplazamiento, el desarraigo y la violencia estructural que atraviesa sus vidas.

A través de textos, fotografías y mensajes simbólicos, el fanzine recoge los inicios de sus trayectos migratorios, marcados por la incertidumbre y la ruptura con el lugar de origen, así como la llegada a Cantabria como un tiempo de búsqueda de conexión y arraigo. Las páginas exponen las dificultades de acceso a vivienda, trabajos dignos y derechos básicos, especialmente en el sector de los cuidados, donde la precariedad y la falta de reconocimiento son moneda corriente.

En una de las frases que atraviesan el fanzine se lee: “A la deriva: el camino de la persona migrante no solo contiene rosas, también espinas”. Esa mezcla de crudeza y esperanza resume bien el tono de la publicación, que contrapone la dureza del día a día con la resiliencia colectiva y las redes de apoyo que las mujeres han ido tejiendo para resistir y cuidarse mutuamente.

El proyecto no se limita al papel. Desde MPDL Cantabria se han organizado talleres de escritura, actividades artísticas, sesiones de autocuidado y encuentros para fomentar el empoderamiento y la participación activa de las mujeres migrantes. El fanzine funciona así como una pieza más de un proceso más amplio de reparación simbólica y comunitaria frente a las violencias de género y al racismo institucional.

La publicación incorpora también referencias a miradas feministas y antirracistas, como una cita de Audre Lorde que recuerda que ninguna mujer será plenamente libre mientras otras sigan sometidas. La intención es que “Sanar, resistir, renacer” circule por centros educativos, bibliotecas y entidades sociales, de manera que se convierta en material de sensibilización y, al mismo tiempo, en una compañía para otras mujeres en situaciones similares.

El papel de las organizaciones en la escena fanzinera social

Detrás de este tipo de proyectos está el trabajo continuado de organizaciones como el Movimiento por la Paz (MPDL), una ONGD con más de cuatro décadas de trayectoria. En Cantabria, la entidad lleva años dedicándose a la acogida, inclusión social y defensa de los derechos de personas migrantes y refugiadas, con especial atención a las mujeres y a quienes sufren múltiples formas de vulnerabilidad.

Su labor abarca desde el acompañamiento legal y psicosocial hasta la creación de espacios comunitarios y acciones de sensibilización en centros educativos, asociaciones vecinales y ámbitos institucionales. En este contexto, el fanzine es una de las herramientas que ayudan a poner palabras y cuerpo a experiencias que a menudo quedan silenciadas.

En paralelo a la publicación del fanzine, el MPDL ha elaborado el informe “Migradas II: Reparación de las violencias de género”, donde se detalla el contexto, el diagnóstico y las propuestas surgidas del mismo proceso participativo. Aunque se trata de un documento más técnico, comparte con el fanzine la intención de visibilizar las violencias y proponer caminos de reparación desde la voz de las propias protagonistas.

Genealogías feministas del fanzine en España

Más allá del ámbito estrictamente social, el fanzine también ha generado todo un campo de investigación y memoria alrededor de la creación hecha por mujeres. En España, autoras como Andrea Galaxina han decidido meterse de lleno en esa historia para reconstruir lo que ella misma define como una “genealogía incompleta” del fanzine hecho por chicas.

En su libro “¡Puedo decir lo que quiera! ¡Puedo hacer lo que quiera!” (Libros Walden), Galaxina recorre los movimientos de la cultura subterránea que han marcado la producción de fanzines firmados por mujeres en el Estado español. La obra dialoga con investigaciones previas, como el trabajo de Elena Climent sobre la “Genealogía feminista del fanzine en País Valencià”, que analiza el periodo comprendido entre los años setenta y 2022.

El planteamiento de Galaxina parte de un contexto general sobre qué es un fanzine y cuál ha sido su evolución, para después detenerse en el papel de las mujeres jóvenes en las subculturas y cómo ese protagonismo sienta las bases de lo que hoy se conoce como “fanzines hechos por chicas”. En la última parte, la autora entra de lleno en el fanzine creado por mujeres, identificando momentos clave, títulos y autoras que han contribuido a forjar esta historia alternativa.

La investigación, que surgió originalmente como un trabajo de máster, combina una mirada teórica con multitud de ejemplos prácticos. Galaxina insiste en que la historia del fanzine no aparece de la nada: se alimenta de escenas, contextos políticos y redes de afinidad que se van trenzando con el tiempo. Para ella, el formato es un eco concentrado de lo que ocurre en la calle, en los conciertos, en los colectivos y en los cuartos donde se fotocopian páginas a deshoras.

El libro deja abiertas muchas preguntas, conscientes de que se trata de una cultura en constante movimiento. Una de las aportaciones centrales es la sistematización de ciertos rasgos de los llamados “grrrl zines”, heredados del movimiento riot grrrl, que han tenido un notable impacto en la producción fanzinera de mujeres en España.

De los grrrl zines al orgullo femenino y la experimentación

En el tramo dedicado a los grrrl zines, Galaxina identifica una serie de características que se han repetido en numerosas publicaciones hechas por mujeres: la exploración de la feminidad desde una perspectiva crítica, la apropiación y subversión del lenguaje y un marcado orgullo femenino que atraviesa textos, imágenes y diseños.

Para la autora, uno de los grandes hallazgos del trabajo ha sido poder dar cierta metodología y marco teórico a un mundo que muchas veces se percibe como puramente intuitivo o informal. A través de ejemplos concretos, muestra cómo determinados gestos estéticos, temáticas o formatos se repiten y se reformulan, construyendo una tradición propia dentro del fanzine feminista.

Entre los casos que analiza con detalle está el fanzine murciano “Miau!”, al que dedica un capítulo completo. Esta publicación ilustra bien el papel que han tenido los intercambios internacionales en la escena española: sus creadoras se nutrieron de penpals estadounidenses (amigas por carta) para descubrir otros fanzines, estilos y discursos que luego adaptaron a su propio contexto.

La lectura del fanzine desde el presente le permite también revisar los años noventa y dos mil como un periodo en el que el formato se consolidó como herramienta feminista. Dibujos, cómics y textos autoeditados sirven para politizar experiencias cotidianas, hablar de cuerpos, sexualidades y violencias, y crear un imaginario compartido entre chicas que quizá no encontraban referentes en otros lugares.

Pese a la enorme cantidad de ejemplos posibles, Galaxina opta por centrarse en aquellos títulos y autoras que le permiten construir un relato coherente desde el pasado hasta el presente. Al subtitular el libro como genealogía incompleta, deja claro que se trata de una síntesis provisional de una historia que podría extenderse casi hasta el infinito y que sigue escribiéndose con cada nuevo fanzine que aparece.

Fanzines, internet y ferias: una escena que no deja de crecer

Mirando al siglo XXI, tanto las investigadoras como las propias creadoras coinciden en que hoy existen muchas condiciones favorables para quienes se acercan al fanzine. Internet y las redes sociales facilitan que las escenas locales se conecten entre sí, que se compartan archivos, metodologías y referencias, y que una publicación fotocopiada en un barrio concreto pueda viajar a otros países en cuestión de días.

A ello se suma la proliferación de festivales y ferias de fanzine, donde se intercambian publicaciones, se organizan charlas y se consolidan comunidades. Según apunta Galaxina, estos espacios han contribuido a articular una escena que va más allá del simple intercambio de objetos: permiten que muchas personas se acerquen por primera vez al medio y se animen a crear sus propios proyectos.

Este auge no significa, sin embargo, que el fanzine pierda su carácter libre y difícil de clasificar. Al contrario, una de sus mayores virtudes es seguir siendo un formato que se resiste a las etiquetas rígidas, donde pueden convivir la poesía, el cómic, el ensayo, la fotografía y la experimentación gráfica más radical.

Arte, autoedición y salto internacional: el caso de “La Fanzzina”

En paralelo a estas genealogías históricas, en distintos puntos del mapa van surgiendo proyectos autogestionados que entienden el fanzine como un lugar de encuentro entre disciplinas. Uno de ellos es “La Fanzzina”, impulsado por la artista, ilustradora y tatuadora Mich Monstera, originaria de Oaxaca y afincada desde hace años en la ciudad de León.

Con formación en Diseño Digital y Animación y un trabajo que mezcla elementos espirituales, cotidianos y feministas, Mich combina técnicas como los estilógrafos, el acrílico, los marcadores y el gouache, además de la escultura, para dar forma a un imaginario propio. Su obra se nutre de la naturaleza, la música, la cultura pop, el surrealismo y las relaciones personales, generando un lenguaje visual reconocible.

Su apuesta por la autoedición la ha llevado a llevar el fanzine local más allá de las fronteras. En Londres, participó en el London Spanish Book and Zine Fair 2024 con el proyecto “La Fanzzina”, compartiendo mesa con otras propuestas de la diáspora hispanohablante. Más tarde, su trabajo formó parte de la exposición colectiva “Credit” en Palermo (Italia), consolidando una trayectoria que combina arraigo local y circulación internacional.

Dentro de la escena leonesa, Mich ha expuesto en espacios como el Centro Cultural Torre Andrade o Bendito Theatro Café, y participa activamente en iniciativas culturales ligadas al arte urbano, como el colectivo “Hijas de la Chingada”. En ese ecosistema, el fanzine se convierte en un soporte flexible que le permite publicar textos, ilustraciones y colaboraciones sin depender de grandes editoriales.

“La Fanzzina”: un fanzine colaborativo y de apoyo mutuo

Más que una publicación cerrada, “La Fanzzina” funciona como un espacio colaborativo abierto a distintas disciplinas: poesía, narrativa, microficción, ilustración, collage, fotografía y otras formas de experimentación. La idea es ofrecer un lugar donde artistas y autoras independientes puedan mostrar su trabajo y, al mismo tiempo, tejer redes de apoyo dentro de la comunidad.

Mich reivindica la importancia de cuidar la escena local con gestos aparentemente sencillos: asistir a eventos, comprar arte cercano, compartir proyectos en redes o simplemente recomendar el trabajo de colegas. Bajo el lema “No compitas, haz Compitas”, anima a dejar de lado la competencia para apostar por la colaboración, una filosofía muy en la línea del espíritu fanzinero.

La invitación a participar en “La Fanzzina” es abierta: basta con ponerse en contacto a través de sus redes sociales y proponer materiales. Esa dinámica encaja con una concepción del fanzine como plataforma comunitaria, en la que quienes colaboran no solo aportan contenido, sino que también se reconocen entre sí, se acompañan en procesos creativos y comparten recursos.

Desde León hasta las ferias europeas, el proyecto evidencia cómo un fanzine puede actuar como carta de presentación, como archivo de una escena y como vehículo para que nuevas voces encuentren su sitio en el entramado cultural contemporáneo.

Todos estos ejemplos dejan claro que el fanzine sigue siendo un formato tremendamente vivo: un lugar donde caben la memoria de las mujeres migrantes en Cantabria, las genealogías feministas que atraviesan décadas de subculturas en España y las propuestas artísticas que viajan de una ciudad a otra sin perder su raíz autogestiva. Entre fotocopias, grapas y tinta, se dibuja un paisaje diverso en el que el fanzine actúa como refugio, altavoz y punto de encuentro para quienes necesitan contar sus historias a su manera.

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