El Museo del Prado abre una ventana poco conocida de su historia mostrando cómo, durante más de siglo y medio, sus cuadros viajaron en papel antes de hacerlo en pantallas. Postales, álbumes, copias de gabinete y tarjetas estereoscópicas llevaron las obras maestras de la pinacoteca a salones privados, escritorios y archivos de investigadores dentro y fuera de España.
La exposiciĂłn El Prado multiplicado: la fotografĂa como memoria compartida propone mirar el museo no solo como un lugar de pinturas, sino tambiĂ©n como un gran archivo visual que ha construido su propia memoria fotográfica. A travĂ©s de 44 piezas seleccionadas de un fondo de más de 10.000 imágenes, el visitante recorre la historia de cĂłmo la cámara se convirtiĂł en herramienta de difusiĂłn, estudio y recuerdo colectivo de las colecciones.
Una exposición para entender el Prado como archivo fotográfico
Bajo la curadurĂa de Beatriz Sánchez Torija, responsable de la ColecciĂłn de Dibujos, Estampas y FotografĂas del museo, la muestra reĂşne un conjunto reducido pero muy significativo de obras que abarcan desde la dĂ©cada de 1860 hasta bien entrado el siglo XX. No se trata solo de reproducciones de cuadros cĂ©lebres: tambiĂ©n aparecen vistas de salas, detalles de montaje y rincones del edificio que ayudan a reconstruir cĂłmo se ha mostrado el Prado a lo largo del tiempo.
Estas fotografĂas suelen permanecer guardadas por razones de conservaciĂłn, de ahĂ que la exposiciĂłn tenga algo de acontecimiento: es la primera vez que el Prado dedica una monográfica a la fotografĂa de sus propios fondos. Integrada en el programa AlmacĂ©n Abierto, la propuesta permite al pĂşblico asomarse a un patrimonio documental visual que, en gran medida, se habĂa mantenido en segundo plano respecto a la pintura o la escultura, y consultar recursos y visitas virtuales.
Las imágenes proceden de un fondo que supera las 10.000 piezas fotográficas, una colecciĂłn densa y diversa donde conviven copias histĂłricas, encargos institucionales, fotografĂas de trabajos tĂ©cnicos y materiales utilizados por investigadores e historiadores del arte. De ese enorme archivo se han seleccionado 44 obras que actĂşan como hilo conductor para explicar el papel de la fotografĂa en la vida del museo.
La muestra incide en dos dimensiones complementarias: por un lado, la fotografĂa como herramienta de difusiĂłn internacional de las colecciones; por otro, como documento que registra cĂłmo eran las salas, cĂłmo se colgaban los cuadros y quĂ© decisiones museográficas marcaron cada Ă©poca.

De sirvienta del arte a disciplina reconocida
El contexto histĂłrico en el que nacen muchas de estas imágenes es clave para comprender su relevancia. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la fotografĂa se encontraba en pleno debate sobre su estatus artĂstico. Mientras el pictorialismo defendĂa su condiciĂłn de arte, no faltaban voces crĂticas que la relegaban a un papel puramente instrumental.
En 1862, por ejemplo, un grupo de pintores entre los que figuraba Dominique Ingres firmĂł en ParĂs un manifiesto en contra de que la fotografĂa fuese considerada arte al mismo nivel que la pintura o la escultura. Para ellos, la cámara debĂa limitarse a documentar y reproducir obras maestras, idea que ya habĂa formulado Baudelaire unos años antes, al definirla como una humilde servidora de las ciencias y las artes.
Sin embargo, esta funciĂłn de “sirvienta” resultĂł decisiva para museos y coleccionistas. Instituciones europeas empezaron a utilizar la fotografĂa para difundir sus colecciones y hacerlas accesibles a especialistas y pĂşblico general. El Prado se sumĂł a esta tendencia, encargando copias de sus cuadros y permitiendo que circularan por catálogos, álbumes y series comerciales.
El caso no fue aislado. FotĂłgrafos de la Ă©poca, como Man Ray en sus inicios, aprovecharon este uso documental enviando imágenes de sus obras a marchantes y galerĂas, mientras pintores como Picasso o Juan Gris recurrieron a la fotografĂa para dar visibilidad a sus cuadros. Se estaba configurando una nueva economĂa visual en la que la imagen fotográfica mediaba entre el original y sus mĂşltiples pĂşblicos.
La Sala 60: un pequeño laboratorio de memoria
La exposición se presenta en la Sala 60 del Museo del Prado, un espacio dedicado a colecciones de pequeño formato del siglo XIX vistas desde ángulos diversos. Allà se puede contemplar una de las joyas del recorrido: un daguerrotipo de la fachada del museo realizado por José de Albiñana en 1851, una de las imágenes más antiguas conservadas del edificio.
Este daguerrotipo apareciĂł de forma casi novelesca, localizado en una estancia vinculada a la reina Victoria Eugenia. Junto a Ă©l se exhiben otras fotografĂas pioneras, como una vista tomada en 1857 por Charles Clifford, fotĂłgrafo oficial de la Corona. Estas piezas tempranas muestran cĂłmo el propio continente -el edificio del Prado- tambiĂ©n fue objeto de interĂ©s fotográfico.
Dentro de la sala, el visitante puede pasar de escenas arquitectĂłnicas a espacios emblemáticos del interior, como la GalerĂa Central o la Sala Murillo. Se exhiben imágenes antiguas junto a fotografĂas más recientes, lo que permite comparar montajes, repasar cambios en el mobiliario y observar cĂłmo se ha transformado la forma de colgar los cuadros: de paredes abarrotadas a disposiciones más aireadas donde cada obra “respira”.
La luz tenue y las condiciones estrictas de conservaciĂłn crean una atmĂłsfera casi Ăntima. Es fácil sentir que se está ante objetos Ăşnicos, aunque su esencia sea reproducible. La paradoja que apuntaba Walter Benjamin sobre la reproductibilidad tĂ©cnica se invierte aquĂ: copias pensadas para multiplicarse se han convertido en piezas singulares que nos conectan con visitas de hace cien años.
Técnicas y formatos: del daguerrotipo a la postal
Uno de los hilos que vertebran la exposición es la variedad de técnicas y soportes empleados en la historia del archivo fotográfico del Prado. Entre las piezas seleccionadas aparecen copias a la albúmina, al carbón y a la gelatina de plata, junto con formatos tan populares como las cartes de visite, las tarjetas estereoscópicas o las postales ilustradas.
Estos objetos no solo muestran la evoluciĂłn tecnolĂłgica, sino tambiĂ©n los cambios en el uso social de la fotografĂa. Las cartes de visite, por ejemplo, se intercambiaban casi como tarjetas personales, mientras que las postales mezclaban funciĂłn documental y valor sentimental. Una reproducciĂłn de un cuadro podĂa terminar decorando un salĂłn o sirviendo de soporte a una carta.
En los crĂ©ditos de las imágenes aparecen nombres clave de la fotografĂa europea del XIX: Juan Laurent, que tuvo la exclusividad en el Prado entre 1879 y 1890; JosĂ© Lacoste; Braun; Moreno; Anderson o Hanfstaengl. Algunos de ellos tomaron fotografĂas de obras que todavĂa no formaban parte de la pinacoteca, anticipando adquisiciones futuras o reflejando prĂ©stamos y exposiciones temporales.
Estas colaboraciones muestran hasta quĂ© punto la cámara era ya una herramienta profesional al servicio de museos y coleccionistas, capaz de crear una red de imágenes que unĂa Madrid con otros centros culturales europeos. El Prado se integraba asĂ en un circuito visual más amplio, donde las fotografĂas actuaban como embajadoras de sus colecciones.
Fotografiar para proteger, estudiar y difundir
Más allá del valor estĂ©tico, la exposiciĂłn subraya el papel de la fotografĂa como instrumento de trabajo y salvaguarda del patrimonio. A finales del siglo XIX, la direcciĂłn del Prado ya era consciente de la necesidad de contar con un archivo visual sistemático de sus fondos.
En 1898, el director de la pinacoteca, Francisco Pradilla, planteĂł formalmente al Gobierno la conveniencia de fotografiar todas las obras del museo. El objetivo era doble: disponer de un registro fiable para facilitar la identificaciĂłn en caso de robo o desapariciĂłn y, al mismo tiempo, reforzar la documentaciĂłn de las colecciones para su estudio.
Pocas dĂ©cadas antes, ya se habĂan iniciado campañas de toma de vistas, aunque de forma más puntual. Las primeras sesiones sistemáticas se remontan a la dĂ©cada de 1860, cuando aĂşn no existĂa el flash y era necesario sacar algunos cuadros al exterior para aprovechar la luz natural. No era raro ver lienzos de Velázquez o Murillo “a la intemperie”, con todos los riesgos que ello implicaba, solo para conseguir un negativo de calidad.
En 1899, con motivo del tercer centenario del nacimiento de Velázquez, se dio un paso más en la dimensiĂłn pĂşblica de este archivo. En una de las salas del museo se exhibieron fotografĂas de cuadros del pintor que se encontraban en instituciones extranjeras. De ese modo, el visitante podĂa contemplar, en un mismo espacio, la producciĂłn velazqueña dispersa por distintos museos europeos, aunque fuera en forma de copia.
La GalerĂa Central y el negocio de las fotografĂas
El giro definitivo hacia la circulaciĂłn masiva de imágenes llegĂł en los primeros años del siglo XX. En 1901, el fotĂłgrafo JosĂ© Lacoste obtuvo por Real Orden el privilegio de vender fotografĂas de obras del Prado en un local instalado en la GalerĂa Central del museo, tras imponerse a otras propuestas presentadas por profesionales como Laurent y CĂa. o Mariano Moreno.
A partir de entonces, las imágenes de los cuadros empezaron a colgarse en puertas y paredes de ese punto de venta interno, convirtiĂ©ndose en una especie de catálogo tangible al alcance del visitante. El Prado se hacĂa “portátil”: quien acudĂa al museo podĂa llevarse a casa un pequeño fragmento en forma de copia, ya fuera en gran formato de gabinete o en modestas tarjetas postales.
Este sistema de comercializaciĂłn dio lugar a una autĂ©ntica red de distribuciĂłn que hizo que las imágenes de las obras más emblemáticas circularan rápidamente por España y por el resto de Europa. Las fotografĂas viajaban en sobres, equipajes y álbumes familiares, desempeñando un papel que hoy vincularĂamos al merchandising institucional.
Para muchos visitantes de la Ă©poca, muchĂsimo menos numerosos que los actuales, aquellas copias suponĂan una suerte de “museo de bolsillo”, legitimado por la propia instituciĂłn. ServĂan para decorar, para estudiar o, simplemente, como recuerdo sentimental. En algunos casos incluso se utilizaban como soporte para mensajes personales, mezclando arte y vida cotidiana en un mismo objeto.
Diplomacia cultural y herramientas para la investigaciĂłn
Las fotografĂas que se muestran en la exposiciĂłn tambiĂ©n ilustran el papel del Prado en la diplomacia cultural y el intercambio acadĂ©mico. Durante dĂ©cadas, las copias de sus cuadros sirvieron para estrechar lazos con otros museos y colecciones, y fueron un recurso esencial para historiadores del arte que trabajaban lejos de Madrid.
Algunas piezas expuestas son especialmente reveladoras en este sentido. Destaca, por ejemplo, la reproducciĂłn de un cuadro que no forma parte de los fondos del Prado, el Retrato de la infanta Margarita de Austria de Velázquez, perteneciente al Kunsthistorisches Museum de Viena. La fotografĂa, realizada por Braun, Clement & Cie. en 1899, se conserva porque el museo quiso reunir, al menos en imagen, todas las obras del pintor con motivo del centenario de su nacimiento.
Este tipo de copias permiten pensar la historia del museo tambiĂ©n desde sus ausencias: obras que nunca han colgado en sus salas, pero que forman parte de su relato al haber sido estudiadas, reproducidas y comparadas con las colecciones propias. Otro ejemplo significativo es una fotografĂa de un fragmento de las miradas de La rendiciĂłn de Breda de Velázquez, utilizada por la hispanista Enriqueta Harris en sus investigaciones y donada posteriormente a la pinacoteca.
Para los especialistas, contemplar un cuadro a travĂ©s de su reproducciĂłn puede revelar matices que pasan desapercibidos a simple vista. Detalles de pincelada, relaciones de escala o elementos compositivos se destacan de forma distinta cuando el lienzo se transforma en papel fotográfico. La imagen funciona asĂ como complemento analĂtico del original, casi como un “documento forense” que ayuda a reconstruir decisiones del artista o transformaciones sufridas por la obra.
La mirada al museo desde dentro
Otro bloque relevante de la exposiciĂłn está dedicado a las vistas internas del museo. FotografĂas de la Sala Murillo, de la GalerĂa Central o de otros espacios emblemáticos muestran cĂłmo cambiaron los criterios expositivos a lo largo del tiempo y cĂłmo se entendĂa el recorrido del visitante en cada Ă©poca.
Comparar estas imágenes histĂłricas con la situaciĂłn actual permite jugar, en palabras de la propia comisaria, a hacer de detectives. Se observan cartelas con tipografĂas diferentes, marcos ahora desaparecidos, cortinajes y muebles que ya no forman parte del paisaje del Prado contemporáneo. El contraste entre el montaje abigarrado del pasado y la disposiciĂłn más espaciada de hoy ilustra bien la evoluciĂłn de la museologĂa en Europa.
En algunas fotografĂas se aprecia tambiĂ©n la presencia de accesos o mostradores destinados a la venta de copias y materiales gráficos, integrados fĂsicamente en el circuito de las salas. La GalerĂa Central, en particular, se convierte en un lugar donde contemplar obras originales y, a pocos pasos, adquirir su versiĂłn reproducida, reforzando la idea de un Prado que se multiplica más allá de sus muros.
Estas vistas interiores no solo documentan decisiones museográficas, sino que reflejan la vida cotidiana de la instituciĂłn: cambios de iluminaciĂłn, reordenaciones de colecciones, incorporaciĂłn de nuevas piezas y desapariciĂłn de otras. Cada fotografĂa captura un estado concreto del museo, convirtiĂ©ndose en una suerte de fotograma dentro de una larga pelĂcula institucional.
Del archivo a la memoria compartida
A lo largo del recorrido, el visitante comprende que estas 44 fotografĂas son solo la punta del iceberg de un archivo inmenso. Reunidas en la Sala 60, adquieren un protagonismo que durante años se reservĂł casi en exclusiva a la pintura. Al colocar la fotografĂa al mismo nivel expositivo, el museo subraya su relevancia como disciplina artĂstica y como herramienta de construcciĂłn de memoria.
En cierto modo, el tĂtulo de la muestra, El Prado multiplicado, resume bien esta idea: cada reproducciĂłn amplĂa el radio de acciĂłn del museo, permite que sus obras estĂ©n presentes en casas, bibliotecas y aulas, y genera una memoria compartida de las colecciones que va más allá de la visita presencial. Esa memoria se materializa en copias que han pasado de mano en mano, se han guardado en cajones, han ilustrado libros o han servido de apoyo a conferencias y clases.
Las técnicas que hoy consideramos históricas -albúminas, gelatinas, fototipias, cartones estandarizados- fueron, en su momento, la vanguardia de la reproducción de imágenes. Gracias a ellas, el Prado pudo difundir internacionalmente su patrimonio, participar en la diplomacia cultural europea y facilitar el trabajo de generaciones de historiadores del arte.
El itinerario propuesto por Beatriz Sánchez Torija, jalonado de nombres de fotógrafos y de referencias a prácticas museográficas, invita a detenerse en cómo miramos los cuadros cuando los vemos en papel o en pantalla. La imagen fotográfica no sustituye al lienzo, pero lo complementa y lo transforma, generando nuevas formas de relación afectiva e intelectual con las obras.
Con esta exposiciĂłn, el Museo del Prado se muestra como algo más que una pinacoteca: se revela como un lugar donde pintura y fotografĂa se entrelazan para contar una historia comĂşn, en la que los negativos, las copias y las postales han sido tan decisivos como los marcos dorados y las grandes salas. Esa trama de imágenes reproducidas, archivadas y vueltas a mirar ayuda hoy a entender cĂłmo el museo se ha ido construyendo en la memoria colectiva de España y de Europa.