
La nueva propuesta del Museo del Prado sitúa a la fotografía histórica en el centro del relato, utilizando la cámara como hilo conductor para entender cómo los artistas construyeron su imagen pública, su entorno de trabajo y su memoria visual entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX. La exposición, titulada El universo del artista ante la cámara, invita a mirar a pintores y escultores no a través de sus cuadros o esculturas, sino de las fotografías que los retrataron en su día a día profesional.
Lejos de ser una muestra anecdótica, el proyecto se apoya en la creciente y todavía poco conocida colección de fotografía histórica del Prado, una de las secciones más recientes de la pinacoteca y también una de las más numerosas. A partir de una selección de 32 imágenes, el recorrido plantea cómo la irrupción de la fotografía transformó la representación del artista, la puesta en escena del taller y la documentación del proceso creativo, en un periodo de alrededor de 80 años.
Una exposición sobre arte y fotografía en el corazón del Prado
La exhibición explora el vínculo entre arte y fotografía desde la década de 1850 hasta los años treinta del siglo XX, un tramo temporal en el que la cámara se consolidó como herramienta esencial para fijar la imagen del creador y su entorno. El visitante se encuentra con retratos individuales y de grupo, vistas de estudios y escenas que captan diferentes fases del trabajo artístico, desde los primeros bocetos hasta las obras casi concluidas.
El enfoque no se limita a mostrar rostros célebres: la selección reconstruye un auténtico mapa visual del ecosistema artístico, donde se mezclan academias, estudios privados, espacios improvisados y escenarios al aire libre. El artista aparece posando con solemnidad, en actitud distendida junto a compañeros o inmerso en su tarea, mientras la cámara registra la atmósfera del taller y los objetos que lo definen.
Al situar estas imágenes en el contexto europeo del siglo XIX, la exposición permite entender cómo la fotografía se convirtió en un medio clave para afirmar la identidad y el estatus profesional. El retrato fotográfico pasó a ser una carta de presentación ante colegas, clientes, instituciones y público, y dio lugar a un lenguaje propio en el que las poses, la indumentaria y el atrezzo hablan tanto como los rostros.
La muestra enlaza además con la línea de trabajo que el Prado viene desarrollando en torno al medio fotográfico, continuando la senda abierta por iniciativas recientes dedicadas a la fotografía como memoria compartida del museo. De este modo, la exposición no solo ilumina a los artistas retratados, sino también la forma en que las instituciones de arte han ido integrando la fotografía en su propio relato.
En paralelo, el recorrido subraya que estas imágenes son fruto de una red de fotógrafos profesionales y aficionados, algunos muy reconocidos en su época y otros anónimos. Sus miradas, técnicas y recursos componen un mosaico donde se cruzan intenciones documentales, comerciales y, en ocasiones, abiertamente artísticas.
El programa «Almacén abierto» y la sala 60 del edificio Villanueva
La exposición se enmarca en el proyecto «Almacén abierto» del Museo del Prado, que tiene como objetivo dar salida a fondos del siglo XIX que habitualmente permanecen en reserva. Este programa se desarrolla en la sala 60 del edificio Villanueva, un espacio concebido para ofrecer muestras de pequeño formato centradas en artistas, técnicas o temas concretos.
Desde su apertura en 2009, esta sala ha acogido monografías dedicadas a figuras como Sorolla, Rosales o Pradilla, así como propuestas que revisan cuestiones técnicas o temáticas vinculadas al XIX. En este contexto, El universo del artista ante la cámara es la segunda exposición monográfica centrada exclusivamente en fotografía con fondos propios del Prado, tras la muestra El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida.
El formato de «Almacén abierto» permite acercar al público obras que rara vez se exponen, en este caso copias fotográficas de época de gran valor documental. Se trata de cartas de visita, tarjetas estereoscópicas, albúminas, fototipias, postales y otros soportes que reconstruyen la presencia de los artistas en la esfera social y profesional de su tiempo.
Esta línea de trabajo también contribuye a ampliar la idea tradicional que muchos visitantes tienen del Prado, asociada casi en exclusiva a la pintura. El protagonismo de la fotografía en la sala 60 muestra que el museo está revisando sus colecciones desde perspectivas más amplias, donde los fondos gráficos y documentales ganan relevancia para interpretar los siglos XIX y XX.
En esta nueva entrega del programa, la comisaria Beatriz Sánchez Torija vuelve a encargarse de la selección y el discurso, articulando una lectura que combina datos históricos, valores estéticos y análisis de contexto, pero sin perder de vista el componente humano que asoma en cada retrato.
Retratos, estudios y escenas de trabajo: el artista frente a la cámara
El núcleo de la exposición lo forman 32 fotografías que ofrecen una visión plural del artista como individuo y como miembro de una comunidad. Hay retratos formales, posados colectivos, imágenes de estudio y fotografías que se detienen en detalles del proceso creativo, como maquetas, yesos intermedios o lienzos en diferentes fases.
Una de las piezas que abre el recorrido es una fotografía de grupo tomada en el estudio de Ángel Alonso Martínez, adquirida por el Prado en 2012. En ella posan artistas vinculados a la Academia de Bellas Artes de San Fernando junto a algunos de sus profesores. El gran taller acristalado, con tejado a dos aguas, evidencia cómo estos espacios funcionaban como lugar de trabajo, formación y sociabilidad.
El visitante puede detenerse también ante vistas panorámicas del taller de Mariano Fortuny en Roma, construidas a partir de dos placas contiguas que apenas dejan ver la unión. El estudio aparece casi como un gabinete de maravillas, repleto de objetos, obras, telas y mobiliario que hablan tanto del gusto del artista como de su forma de entender la creación.
La exposición recoge asimismo imágenes del estudio de Federico de Madrazo en Madrid, del taller de Luis de Madrazo o del escultor Agustín Querol junto a una alegoría de las artes destinada al frontón de la Biblioteca Nacional. En otras fotografías se ven artistas españoles en Roma, escenas en el patio del Cuarto Dorado de la Alhambra o momentos más distendidos, como los pintores Jaime Morera y Agustín Lhardy caracterizados como cocineros.
Estas escenas muestran que el estudio del artista no era solo un lugar de producción silenciosa, sino también un punto de encuentro y un escenario cuidadosamente construido. Las fotos dejan ver desde entornos recargados y casi teatrales hasta espacios más sobrios donde dominan caballetes, esculturas inacabadas y pilas de telas.
A través de este conjunto se aprecia cómo, en la segunda mitad del siglo XIX, acudir a un estudio fotográfico se convirtió en un acontecimiento social y profesional. En las ciudades proliferaron las llamadas «cabañas de cristal», talleres muy luminosos situados en azoteas o pisos altos que aprovechaban la luz natural para mejorar la calidad de las imágenes.
De las cartes de visite al autocromo: técnicas y soportes fotográficos
Además del contenido iconográfico, la muestra presta atención a la evolución técnica de la fotografía entre dos siglos. El recorrido incluye ejemplos de papeles a la albúmina, platinotipos, gelatinas sobre papel y copias sobre cartón, junto a soportes menos frecuentes como imágenes sobre hierro o cristal.
Uno de los aspectos más llamativos es la presencia de una única fotografía en color dentro del conjunto: un autocromo estereoscópico del escultor Miguel Blay, datado entre 1904 y 1910 y de autor desconocido. Se trata de una de las imágenes en color más antiguas que conserva el Prado, donada en 2020, realizada con el sistema Autochrome patentado por los hermanos Lumière a comienzos del siglo XX.
En esta imagen, Blay aparece al aire libre, apoyado sobre un fondo vegetal y sin mirar directamente a la cámara, lo que sugiere una relación de confianza con la persona que lo fotografía. Los verdes, blancos y tonos de piel se aprecian cuando la pieza se ilumina de forma específica, lo que añade una dimensión casi íntima al encuentro entre artista y objetivo.
La exposición recuerda que la colección de fotografía histórica del Prado, formada en gran medida gracias a donaciones en lo que va de siglo XXI, suma más de 10.000 registros y no deja de crecer. A pesar de su amplitud, sigue siendo una de las partes menos conocidas de la institución, por lo que proyectos como este ayudan a visibilizarla.
En cuanto a los formatos, abundan las cartes de visite y tarjetas «París» destinadas al retrato individual, así como composiciones de grupo en tamaños mayores. También hay tarjetas promenade, pensadas para retratos de cuerpo entero más estilizados, y ejemplos de postales o fototipias que muestran cómo la imagen del artista circulaba más allá del círculo estrictamente profesional.
Artistas protagonistas: de los Madrazo a Miguel Blay
Buena parte de las obras expuestas proceden de archivos de artistas españoles del siglo XIX y comienzos del XX. Entre los nombres destacados figuran Luis y Federico de Madrazo, Dióscoro Puebla, Cecilio Pla, Miguel Blay, Agustín Querol o Mariano Fortuny, junto a otros creadores menos conocidos para el gran público.
La saga de los Madrazo ocupa un lugar relevante, con imágenes de estudios familiares y reuniones en espacios emblemáticos. Una de las fotografías presenta a la familia en el patio del Cuarto Dorado de la Alhambra, donde la cámara capta tanto la arquitectura nazarí como la actitud relajada de los retratados, entre ellos Cecilia de Madrazo y su marido, Mariano Fortuny.
En el terreno de la escultura, la figura de Miguel Blay adquiere un protagonismo especial. Además del citado autocromo en color, el Prado conserva tres esculturas suyas, y la exposición incluye una fotografía de la obra Eclosión en su estudio, tomada por el fotógrafo Julio Torres Vivancos en una copia en gelatina sobre papel montada en cartón, fechada en 1904. El encuadre, que muestra un escorzo poco habitual desde la parte trasera de la pieza, permite apreciar detalles del modelado que pasan desapercibidos en una vista frontal.
Otra imagen recoge el carné de expositor de Blay en la Exposición Universal de París de 1900, donde su retrato aparece en formato de carte de visite. Este documento ilustra hasta qué punto la fotografía se integró en los circuitos oficiales del arte, acompañando a los creadores en certámenes internacionales y grandes citas culturales.
El conjunto se completa con instantáneas en las que aparecen otros artistas en contextos diversos: el escultor Agustín Querol junto a una monumental alegoría de las artes, el pintor Benlliure retratado con el escritor Federico García Sanchiz en el taller del primero, o grupos de creadores españoles en estudios de Roma como el de Altobelli y Molins.
A través de estos ejemplos, la muestra revela cómo la fotografía actuó como aliada de pintores y escultores, acompañándolos en su vida cotidiana, documentando sus encargos y contribuyendo a fijar la memoria de sus obras y de quienes las hicieron posibles.
Mujeres artistas y la presencia femenina en las imágenes
En un escenario histórico dominado por figuras masculinas, la exposición presta atención a la presencia, todavía minoritaria, de mujeres artistas en las fotografías. Aunque en las grandes instantáneas de grupo tomadas en talleres y estudios se aprecia una ausencia casi sistemática de creadoras, algunos retratos individuales demuestran que hubo mujeres que lograron abrirse paso en la profesión.
Un ejemplo significativo es el retrato de María Luisa de la Riva en su estudio parisino hacia 1900. Con 41 años, aparece sujetando paleta y pincel, en una imagen que la presenta sin complejos como pintora profesional que trabaja para vivir, no como aficionada. El encuadre y la pose refuerzan esta condición, subrayando su autonomía y su trayectoria.
También está presente la pintora Fernanda Francés, fotografiada por Fernando Debas en una tarjeta promenade datada entre 1875 y 1883. Este formato de retrato de cuerpo entero, más estilizado, contribuye a mostrar a la artista con una presencia pública sólida en un mundo que apenas comenzaba a admitirlas en la esfera académica y expositiva.
Junto a estos nombres, la muestra incluye imágenes de alumnas en los talleres de Cecilio Pla o Manuel González Santos, testimonio gráfico de cómo algunas mujeres empezaron a integrarse en la enseñanza artística reglada. Aunque todavía en minoría, su aparición en las fotos indica que el cambio social ya estaba en marcha.
En contraste, entre las 32 piezas seleccionadas no se ha identificado ninguna fotografía firmada por una mujer, algo que la conservadora de la colección considera significativo. No se descarta que tras algunas obras de autor desconocido pueda haber fotógrafas, pero de momento faltan estudios que lo confirmen, lo que abre un campo de investigación pendiente en torno a la autoría femenina.
Una mirada técnica e histórica a 80 años de fotografía
El arco temporal de la exposición abarca aproximadamente ocho décadas de evolución del medio fotográfico, desde el decenio de 1850 hasta los años treinta del siglo XX. Durante este periodo se suceden cambios técnicos, comerciales y culturales que afectan directamente a la forma de representar al artista y su entorno.
En sus primeras décadas, la fotografía ofrecía la posibilidad de fijar con precisión una realidad inestable, algo especialmente valioso para quienes trabajaban con modelos, escenografías complejas o proyectos monumentales. Poco a poco, el retrato fue consolidándose como uno de los grandes géneros del nuevo medio, asociado a la afirmación de identidad y prestigio social.
Las imágenes conservadas muestran cómo las poses, los objetos elegidos y la vestimenta construyen un discurso visual sobre cada artista: algunos se rodean de cuadros y esculturas para reforzar su estatus, otros prefieren una escenografía más sobria, y no faltan quienes se presentan en actitudes más relajadas, casi de complicidad con el fotógrafo.
Al mismo tiempo, la competencia entre estudios fotográficos impulsó la diversificación de formatos y presentaciones. Las cartes de visite y tarjetas «París» facilitaron la circulación de retratos individuales, mientras que los grandes formatos y las composiciones en grupo respondían a la demanda de academias, asociaciones y círculos profesionales.
La exposición del Prado sintetiza esta historia técnica y social a través de un conjunto de piezas mayoritariamente inéditas para el público, y lo hace desde un enfoque que combina investigación especializada y accesibilidad. El visitante puede seguir el hilo de estos cambios sin necesidad de dominar la jerga técnica, pero con suficientes detalles para comprender la importancia de cada avance.
La propuesta se mantiene abierta al público hasta el 5 de julio en la sala 60 del edificio Villanueva del Museo del Prado, ofreciendo una ocasión singular para asomarse a un capítulo poco visible de la historia del arte: el momento en que la cámara se convirtió en aliada de los artistas para definir cómo querían ser vistos y recordados.
El conjunto de fotografías reunidas en El universo del artista ante la cámara dibuja un retrato complejo y matizado de la vida artística entre el XIX y el XX: talleres convertidos en escenarios, artistas que se afirman ante el objetivo, técnicas en constante cambio y una colección fotográfica que el Prado saca a la luz para mostrar cómo la imagen del creador se construyó tanto con pinceles y cinceles como con placas, negativos y autocromos.