La sala de exposiciones del espacio UCOCultura, en plena Plaza de la Corredera de Córdoba, se ha convertido estos días en uno de los puntos clave para quienes siguen de cerca la fotografía contemporánea. La Universidad de Córdoba ha levantado el telón de la nueva edición del Premio Bienal Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler con una muestra que concentra, en pocas salas, un recorrido amplio por las preocupaciones y lenguajes visuales actuales.
Esta exposición reúne la obra ganadora y catorce proyectos finalistas procedentes de distintos contextos culturales, configurando un mapa muy variado de miradas sobre el paisaje, la memoria, los conflictos sociales y el modo en que las imágenes construyen nuestra relación con el mundo. La visita, que puede hacerse tanto en horario de mañana como de tarde, se plantea como un espacio tranquilo para ver, parar y pensar en medio de la avalancha visual del día a día.
Inauguración y apoyo institucional a la fotografía contemporánea

La apertura oficial de la muestra tuvo lugar en el espacio UCOCultura, donde se dieron cita el fotógrafo murciano José Quintanilla, ganador en esta XIII edición, el rector de la Universidad de Córdoba, Manuel Torralbo, el director General de Cultura de la institución, Fernando Lara, la comisaria Cristina E. Coca Villar y el delegado de la Fundación Cajasol en Córdoba, Juan Manuel Carrasco. A este grupo se sumó la presencia de varias autoras finalistas, lo que favoreció un primer recorrido comentado por parte de quienes firman las obras.
La exposición puede visitarse en la Plaza de la Corredera, en el Centro UCOCultura, con un horario amplio para facilitar la afluencia de público: de lunes a viernes, las puertas permanecen abiertas de 09:00 a 18:00 horas, mientras que domingos y festivos el horario se concentra de 11:00 a 18:00. La muestra permanecerá en cartel hasta el 12 de abril, de modo que hay margen suficiente para organizar una visita pausada.
En esta edición, la Fundación Cajasol refuerza por segunda convocatoria consecutiva su papel como entidad colaboradora, consolidando una alianza que permite dar estabilidad al proyecto y ampliar su alcance. El respaldo institucional subraya la voluntad de mantener en Córdoba un espacio regular de reflexión en torno a la fotografía de autor, más allá de las modas y de la circulación rápida de imágenes en redes sociales.
Después de casi veinte años de andadura, el Premio Bienal Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler se ha asentado como una de las citas de referencia en el circuito español y europeo. Cada edición atrae propuestas que llegan desde distintos países y tradiciones visuales, algo que ha contribuido a situar a Córdoba en el mapa internacional de la fotografía contemporánea y a generar un archivo de obras significativo en torno al medio fotográfico.
La obra ganadora: el paisaje como experiencia y laboratorio visual
El jurado ha otorgado el premio principal a la pieza 04#Giberny, firmada por José Quintanilla. Se trata de un trabajo que explora el paisaje desde una perspectiva que se aparta de la representación documental más directa para entrar en terrenos más subjetivos y experimentales. La obra se centra en la idea de que nuestra percepción del entorno es siempre parcial y construida, y que la fotografía puede servir para evidenciar esa fragilidad de la mirada.
En esta serie, Quintanilla juega con los límites de la fotografía analógica, descomponiendo el color y recurriendo a recursos cercanos a la estampación gráfica. Esta mezcla de técnicas produce imágenes en las que el paisaje se reconoce, pero al mismo tiempo se transforma en una especie de superficie en la que el espectador percibe capas, huellas y resonancias más que un simple registro de lo real. No es un paisaje turístico o de postal, sino un territorio en el que se cruzan memoria, tiempo e interpretación.
La pieza premiada destaca también por su encaje sólido en los debates actuales de la fotografía contemporánea: la relación entre imagen y verdad, el peso del artificio en lo que consideramos “natural” y la posibilidad de traducir sensaciones en lugar de limitarse a mostrar escenas. Según el criterio del jurado, esa combinación de rigor formal y reflexión en torno al medio ha sido determinante para concederle el máximo reconocimiento de la bienal.
Más allá de los aspectos técnicos, la propuesta invita a mirar el paisaje como una experiencia activa. El visitante no se sitúa solo frente a un escenario bonito, sino ante una superficie cargada de decisiones, de silencios y de vacíos. El propio tratamiento del color y de la textura lleva a detenerse más tiempo de lo habitual en cada imagen, lo que cambia el ritmo de la visita y obliga a frenar esa costumbre de pasar las fotos con prisa.
Quince miradas distintas sobre un mundo saturado de imágenes
Junto a la obra ganadora, el recorrido se completa con las propuestas de catorce artistas finalistas, seis hombres y ocho mujeres, que conforman un conjunto diverso tanto desde el punto de vista formal como temático. La comisaria, Cristina E. Coca Villar, destaca que la muestra está pensada como un lugar donde “lo visible se desborda y reclama nuevas formas de interpretación”. No se trata solo de colgar fotografías en la pared, sino de propiciar un entorno en el que las obras dialoguen entre sí y con el público.
Las temáticas que atraviesan la exposición son amplias pero mantienen cierto hilo en común: la atención a los cambios del paisaje, la memoria personal y colectiva, los conflictos sociales y el impacto de la tecnología. Los proyectos se acercan a estos asuntos desde metodologías muy diferentes, que van desde la fotografía más cercana al documental hasta trabajos que se rozan con la instalación, la escultura o la apropiación de imágenes.
Una parte significativa de la muestra pone el acento en la relación entre naturaleza e imagen. Varios autores analizan cómo el territorio se modifica por la acción humana, cómo se construye la idea de paisaje en la cultura occidental o de qué modo la fotografía puede registrar esos procesos de transformación. Otros trabajos se asoman a realidades latinoamericanas y al imaginario africano, planteando preguntas en torno a la colonización, los desplazamientos, la desigualdad y la forma en que las narraciones visuales condicionan nuestra forma de entender esos lugares.
Junto a ello, tienen peso los proyectos que abordan discursos de género, derechos humanos y protección animal, así como series vinculadas a la memoria histórica, donde se revisan episodios traumáticos o silenciados a través de archivos, reconstrucciones y puestas en escena. También hay espacio para reflexionar sobre el papel de las tecnologías de la comunicación y la sobreproducción de imágenes: cómo influyen en nuestra vida cotidiana, qué queda fuera de ese flujo incesante y qué posibilidades de resistencia o de pausa puede ofrecer todavía la fotografía de autor.
Otro eje llamativo es la presencia de referencias al arte asiático y a la caligrafía, que aportan ritmos y estéticas diferentes al resto de la selección. Aquí la imagen se acerca a lo pictórico, a la línea y al gesto, planteando la fotografía como un lugar de tránsito entre lo gráfico y lo fotográfico, entre lo escrito y lo visto.
Las obras y artistas presentes en la exposición
La lista de piezas seleccionadas para acompañar a la serie ganadora incluye trabajos muy variados. Entre ellos se encuentra De continuo lo inestable, de Antonio Guerra, una propuesta que explora la relación entre naturaleza e imagen desde una mirada que combina fotografía, instalación y escultura. Su proyecto analiza cómo percibimos el medio natural y de qué forma lo representamos, poniendo sobre la mesa la fragilidad de ciertos paisajes y su constante transformación.
En la misma línea de atención al territorio aparece Paisaje Continuo _ Bosque Secundario, de Carma Casulá, doctora en Bellas Artes, que se centra en cuestiones como la sostenibilidad y la huella humana. A través de su trabajo, el paisaje se convierte en un archivo vivo de intervenciones, cuidados y agresiones, invitando a pensar en la responsabilidad colectiva frente al entorno. Su enfoque combina un sólido trabajo de campo con una puesta en escena muy cuidada.
La dimensión política y social se hace evidente en Mi sueño es morirme, de Martin Weber, donde las realidades latinoamericanas ocupan el centro del discurso. A través de retratos y escenas que recogen experiencias personales, el proyecto pone de relieve deseos, miedos y contradicciones de quienes habitan contextos marcados por la desigualdad y la violencia estructural. La fotografía funciona aquí como un medio para articular relatos que a menudo quedan fuera de los grandes titulares.
En el proyecto UsusFructusABUSUS_Lablanche et la Noire XVIII, Gloria Oyarzábal retoma su trabajo en torno al imaginario africano, la colonización y los discursos de género. La autora cuestiona cómo se ha representado históricamente al continente africano desde Europa y qué papel ha jugado la imagen en la construcción de estereotipos. Su propuesta combina fotografía con otros materiales visuales para desmontar miradas heredadas y abrir nuevas lecturas.
La Ventana, de Ana B. Amado, enlaza arquitectura, fotografía documental y proyectos de carácter social. La autora, que ha trabajado ampliamente en torno a la memoria, el territorio y el género, utiliza el espacio doméstico y urbano como marco desde el que hablar de identidades, cuidados y ausencias. Su obra aporta una lectura muy cercana a la realidad cotidiana, pero atravesada por una sensibilidad arquitectónica muy marcada.
La lista de trabajos finalistas incluye también EmptyRooms – La Familia, de Ana Mª McCarthy, una autora con raíces neoyorquinas y peruanas que examina espacios interiores cargados de historias, así como Zepdos, de Estela de Castro, y Iván Denísovich, de Roberto Aguirrezabala, serie esta última que dialoga con la memoria histórica y los relatos de represión política. En estos proyectos, la fotografía se convierte en herramienta para recordar y revisar episodios complejos del pasado reciente.
Completan la selección piezas como El Boyero, 2025, del cordobés Tete Álvarez, conocido por sus trabajos en fotografía, vídeo, instalación y net-art, que reflexiona sobre el papel de las nuevas tecnologías en la comunicación y el lugar de las imágenes en la esfera pública. También se muestran obras de Juan Baraja (ST_06 Isla Torolla, 2022), Verónica Domingo (Refugio Puentes de Algorta), Paola Bragado (Nereidas en la Alameda, Ciudad de México, 2021), Francisco González (Metamorphosis) y Magdalena Correa (KOS), así como la pieza de Magdalena Correa Larraín, chilena afincada en España, y la obra de Francisco González Camacho, residente en Helsinki.
Un mosaico experimental y multicultural con acento europeo y latinoamericano
Lo que se percibe al terminar el recorrido es la sensación de estar ante un mosaico experimental y multicultural más que ante una simple suma de autores. La presencia de fotógrafos españoles de diferentes generaciones se combina con miradas procedentes de otros países europeos y latinoamericanos, generando un diálogo rico entre contextos. Esa mezcla se traduce en maneras distintas de entender el paisaje, el cuerpo, la ciudad o la propia práctica fotográfica.
Dentro del panorama europeo, el Premio Pilar Citoler se ha ganado un lugar al funcionar como punto de encuentro entre creadores que trabajan desde latitudes diversas pero comparten inquietudes similares. La atención al detalle, el cuidado en la edición de las series y la apuesta por proyectos de largo recorrido marcan una diferencia respecto a certámenes más centrados en la inmediatez. Aquí muchas obras forman parte de investigaciones que se desarrollan durante años, con un trabajo previo riguroso.
Al mismo tiempo, la presencia de proyectos latinoamericanos y de autores con trayectorias híbridas —como quienes viven entre Europa y América— amplía el mapa de referencias y debates. Esta circulación de imágenes e ideas refuerza la idea de que la fotografía contemporánea en España no se entiende ya solo desde un marco nacional, sino desde redes más amplias de colaboración y de intercambio. Córdoba, en este sentido, funciona como plataforma de cruce entre distintas escenas fotográficas.
La propia comisaria ha insistido en que la muestra no busca únicamente mostrar “buenas fotos”, sino construir un espacio de pensamiento compartido. De ahí que hable de la exposición como un lugar de encuentro y de diálogo entre artistas y públicos. Esta concepción se refleja en un montaje que favorece las conexiones entre obras, permitiendo que el visitante establezca vínculos, contraste enfoques y encuentre resonancias personales en las imágenes.
A lo largo de las salas se asume que el espectador llega desde un entorno saturado de estímulos visuales, pero se le propone un ritmo distinto: detenerse, mirar con calma y, si hace falta, volver sobre sus pasos para releer una fotografía desde otro ángulo. En ese cambio de velocidad reside parte del valor de la muestra, que se aleja de la gramática rápida de la pantalla para recuperar el cuerpo a cuerpo con la imagen impresa.
En conjunto, la exposición del Premio Pilar Citoler en Córdoba se presenta como una ocasión especialmente interesante para tomarle el pulso a la fotografía contemporánea que se está haciendo hoy en España y en otros países cercanos. La combinación de una obra ganadora con fuerte personalidad, catorce proyectos finalistas que tocan asuntos clave del presente y el apoyo continuado de instituciones como la Universidad de Córdoba y la Fundación Cajasol hacen de esta cita una parada casi obligatoria para quienes tengan curiosidad por ver cómo se cuentan hoy el paisaje, la memoria y la vida cotidiana a través de la cámara.