Huesca en la paleta de sus pintores

  • Exposición de Fundación Ibercaja que recorre un siglo de paisaje urbano de Huesca a través de siete pintores clave.
  • Cerca de 50 obras originales muestran la evolución de la ciudad entre mediados del XIX y mediados del XX.
  • El comisario, Fernando Alvira, articula un relato generacional desde Carderera hasta Beulas.
  • La muestra refuerza el compromiso de Fundación Ibercaja con el patrimonio artístico y cultural de Huesca.

Exposición de pintura sobre Huesca

Huesca se convierte estos meses en un auténtico laboratorio de memoria urbana gracias a una exposición que mira a la ciudad a través de los cuadros de algunos de sus creadores más representativos. El paisaje oscense, con sus calles, plazas y edificios más reconocibles, deja de ser un simple telón de fondo para situarse en primer plano.

La muestra titulada “Huesca en la paleta de sus pintores (1850-1950)”, organizada por Fundación Ibercaja en el Palacio de Villahermosa, propone un recorrido por cien años de historia urbana y pictórica a partir de la obra de siete artistas fundamentales: Valentín Carderera, León Abadías, Martín Coronas, Félix Lafuente, Ramón Acín, Jesús Pérez Barón y José Beulas. A través de cerca de 50 piezas entre óleos, acuarelas y dibujos, el visitante puede comprobar cómo la ciudad cambia a la vez que cambian las miradas que la retratan.

Un viaje por el paisaje urbano de Huesca

Paisaje urbano de Huesca en la pintura

La exposición se enmarca en la celebración del 150 aniversario de Fundación Ibercaja y podrá visitarse en el histórico Palacio de Villahermosa hasta el 9 de mayo. El montaje, concebido como un recorrido circular, arranca con Valentín Carderera y culmina en la obra de José Beulas, de manera que el visitante completa un verdadero paseo cronológico por la ciudad y sus transformaciones.

El comisario, Fernando Alvira, ha insistido en que la clave ha sido conseguir una unidad temática. No se trata solo de agrupar obras de autores oscenses, sino de centrar el foco en el paisaje urbano como género: calles, claustros, plazas, ermitas o panorámicas que, juntas, dibujan una Huesca reconocible y a la vez cambiante.

Durante la presentación, en la que han participado José Luis Rodrigo (director general de Fundación Ibercaja), Mayte Ciriza (jefa de Cultura) y Roberto Cerdán (jefe de Centros y director de Fundación Ibercaja Huesca), se ha subrayado que la muestra ayuda a entender cómo la ciudad ha sido observada, interpretada y sentida a lo largo de un siglo. No es solo una exposición de pintura: también es una lectura visual de la evolución de Huesca.

El itinerario combina las cerca de 50 obras seleccionadas con fotografías antiguas y material gráfico que amplían el contexto histórico. Así, el público puede comparar, por ejemplo, la imagen del Claustro de San Pedro en el siglo XIX con su estado actual, o identificar edificios que han desaparecido, como la conocida Casa Carderera, que para muchos sigue siendo el símbolo de una ciudad que ya no existe.

Por el camino aparecen rincones tan familiares como el Casino, el cerro de San Jorge, el Coso, el Puente de San Miguel o la Catedral vista desde detrás del puente del diablo, todos ellos convertidos en pequeñas ventanas a un pasado que, gracias a estos pintores, se mantiene vivo.

El paisaje urbano como género pictórico

Paisajismo urbano en Huesca

El proyecto pone en contexto cómo el paisaje urbano tardó en afirmarse como tema autónomo dentro de la pintura europea. Según ha explicado Fernando Alvira, su consolidación llega en el siglo XIX y está muy vinculada a las grandes transformaciones de ciudades como París durante la época de Napoleón, cuando las reformas urbanísticas convierten las calles en tema digno por sí mismo.

Esa nueva sensibilidad, que más tarde alimentará las corrientes impresionistas, también se deja notar en España y en Aragón, con paisajistas que empiezan a fijarse en las ciudades como motivo principal. En este contexto, el núcleo histórico de Huesca, sus plazas, ermitas y panorámicas desde los alrededores se convierten en una fuente de inspiración constante para varias generaciones de artistas.

La franja temporal elegida, entre 1850 y 1950, coincide con una etapa clave para la propia configuración de la ciudad. A mediados del XIX, Huesca mantiene todavía una estructura medieval bastante reconocible, contenida por los Cosos. Sin embargo, la llegada del ferrocarril en 1864, la apertura de nuevas plazas como la de López Allué o la construcción del mercado van alterando ese trazado tradicional.

Ya en las primeras décadas del XX aparecen edificios emblemáticos como el Casino o el Teatro Olimpia, y se configura el parque municipal, mientras que, tras la Guerra Civil, el crecimiento demográfico marca un punto de inflexión en la expansión urbana. Las obras seleccionadas permiten seguir muchas de estas transformaciones casi cuadro a cuadro.

Así, el visitante comprueba cómo un mismo motivo —por ejemplo, una vista nevada de la ciudad o una calle concreta— puede ofrecer sensaciones muy distintas según quién lo pinte y en qué momento histórico lo haga, desde un enfoque más académico hasta una interpretación mucho más libre y moderna.

Siete miradas para una misma ciudad

Pintores de Huesca y su ciudad

Los nombres que articulan el recorrido no son fruto del azar. Como ha explicado el comisario, la selección responde a criterios temporales y temáticos, y también a la propia realidad de la ciudad: en ese periodo no había, precisamente, una superabundancia de artistas locales, por lo que muchos de los que se dedicaron de manera continuada a la pintura urbana están representados aquí.

El punto de partida es Valentín Carderera (1796-1880), humanista y gran conocedor de la obra de Goya, que fue sobre todo pintor de retrato y llegó a ser considerado “pintor de la reina”. Sin embargo, su faceta más determinante fue la de investigador: tras la desamortización de Mendizábal, se empeñó en documentar el estado de edificios religiosos y civiles por todo el país, realizando miles de acuarelas y dibujos. En el caso de Huesca, piezas como Vista de Huesca desde el sur, Puerta de Montearagón o Catedral de Huesca desde detrás del puente del diablo permiten ver la ciudad decimonónica con un detalle casi topográfico.

Muchas de esas obras proceden de la Fundación Lázaro Galdiano y, como señala Alvira, invitan a detenerse un rato: hay lugares que aún se reconocen con facilidad y otros que han cambiado tanto que solo sobreviven en el papel. Es ahí donde la muestra adquiere una dimensión casi documental.

El siguiente tramo está dedicado a León Abadías (1836-1894), el primer catedrático de Dibujo del Instituto de Huesca. Formado en la Escuela Superior de Pintura de San Luis de Zaragoza y más tarde en Madrid, desarrolló una intensa actividad como decorador de interiores instititucionales. Sus trabajos en los techos de La Confianza, el Ayuntamiento o la Diputación han sido calificados por el comisario como intervenciones fundamentales en la imagen interior de la ciudad.

En la exposición destaca el óleo El claustro de San Pedro, una visión académica y minuciosa del conjunto monástico. Hoy cuesta reconocer algunos elementos de la escena porque la posterior restauración dirigida por Ricardo Magdalena alteró por completo el aspecto del claustro, de modo que el cuadro guarda la memoria de ese espacio antes de las reformas.

Abadías enlaza, además, dos generaciones, ya que entre sus alumnos estuvieron Martín Coronas y Félix Lafuente, nombres clave en el relato de la pintura urbana oscense que la exposición recoge de forma muy clara.

De la huella religiosa al impresionismo local

En la bisagra entre el XIX y el XX aparece Martín Coronas (1862-1928), fuertemente vinculado a la Compañía de Jesús. Acogido por los jesuitas desde muy joven, completó estudios de Magisterio y se formó en Zaragoza antes de desarrollar una prolífica producción al servicio de encargos religiosos, con unas quinientas piezas destinadas a distintos lugares del mundo, según detalla Alvira.

Aun así, incluso en sus composiciones sacras la ciudad se cuela literalmente en el fondo. El comisario subraya que Coronas incorpora elementos arquitectónicos reconocibles, y cita el Libro de Cofradía de San Lorenzo, donde el santo extiende el brazo sobre una Huesca perfectamente identificable. Aunque no siempre pinte el paisaje oscense, demuestra que conoce a fondo su trama urbana.

El paisaje urbano se vuelve más libre con Félix Lafuente (1865-1927), considerado por el comisario el paisajista urbano más sólido del grupo. Sus vistas del Coso, las escenas de Huesca nevada, la célebre Vista del Casino o La Porteta ponen el acento en la luz y la atmósfera, aproximando la ciudad a postulados cercanos al impresionismo.

Tras la marcha de León Abadías, Lafuente se trasladó a Madrid para formarse como pintor escenógrafo y trabajó en el taller de Busato y Bonardi, proveedores habituales del Teatro Real. Incluso en esos decorados teatrales, comenta Alvira, se reconocen rasgos de Huesca: fachadas que recuerdan a la Catedral, torres que remiten al perfil urbano de la ciudad, detalles que delatan que, mentalmente, seguía pintando su entorno.

A su regreso, se convierte en el gran paisajista urbano de Huesca, con una producción centrada en el Coso, el puente de las Tablas o diferentes rincones del casco histórico. Además, ejerce como profesor y deja una huella profunda en sus discípulos, entre ellos Ramón Acín, que llegó a describirlo como “el San Juan de sus discípulos”, en alusión al peso casi fundacional que tuvo su magisterio.

Modernidad, acuarela y la huella de Beulas

La irrupción de Ramón Acín (1888-1936) introduce una mirada radicalmente moderna sobre la ciudad. En obras como Huesca desde el cerro de San Jorge y en sus dibujos urbanos a tinta china, el paisaje se sintetiza, los trazos se depuran y aflora una cierta voluntad crítica que conectan su trabajo con las sensibilidades del primer tercio del siglo XX.

Alvira recuerda la naturaleza “poliédrica” de Acín, con una intensa actividad artística y política tras su participación en la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza y su posterior regreso a Huesca. Dentro de esa diversidad, el comisario subraya que es en el dibujo ilustrativo donde alcanza uno de sus niveles más altos, y la muestra aprovecha esa faceta para enseñar otra forma de ver la ciudad, menos literal y más sintética.

La tradición del paisaje urbano continúa con Jesús Pérez Barón (1894-1980), un acuarelista muy ligado a Félix Lafuente. Salía a pintar con su maestro y, como apunta el comisario, elegía prácticamente los mismos escenarios: panorámicas de la ciudad, el puente de las Tablas, Montearagón o diferentes rincones del casco antiguo.

En la muestra se incluyen acuarelas como Puente de San Miguel, Calle Palacio o Cillas por detrás, que capturan con una gama cromática delicada la atmósfera del Huesca de entreguerras. Su obra, fiel a una temática muy concreta a lo largo de los años, refuerza la idea de una ciudad vista desde sucesivos ángulos pero siempre reconocible.

El recorrido se cierra con José Beulas (1921-2014), adoptado por Huesca y convertido en referente del paisaje altoaragonés. Aunque su nombre suele asociarse a los grandes horizontes de Sariñena o a paisajes abiertos del territorio, la exposición recuerda que en sus inicios fue, ante todo, paisajista urbano.

Obras como Huesca desde las Mártires, Torreón del Trasmuro, Ermita de Salas o Calle de Palacio muestran ya una intensidad cromática y una relación muy personal con el entorno que anticipan su evolución posterior. Según relata Alvira, cuando Beulas llegó a la ciudad y preguntó si había alguien que pintara, le enviaron al estudio de Jesús Pérez Barón. Allí empezó a retratar Huesca en los años cuarenta, integrándose en una cadena de maestros y discípulos que vertebra toda la exposición.

Su talento llevó a que las instituciones decidieran concederle becas para continuar su formación en Madrid y más tarde en Roma, pero, a pesar de ese recorrido, nunca perdió el vínculo con el paisaje urbano. En esos primeros trabajos oscenses se reconoce el germen de una mirada que, aun abriéndose luego a otros horizontes, mantuvo un lazo constante con el territorio.

Fundación Ibercaja y el patrimonio de Huesca

La exposición forma parte de la programación especial del 150 aniversario de Fundación Ibercaja, una efeméride que la entidad ha querido aprovechar para reforzar su papel como agente cultural y social en Aragón y, especialmente, en Huesca. Procedente de la transformación de la antigua Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, la Fundación se define como una organización privada sin ánimo de lucro enfocada en la promoción de obras sociales y culturales.

Sus responsables resumen la actividad de la institución en cuatro valores básicos: compromiso, transparencia, profesionalidad y dinamismo. Bajo esas premisas, se impulsan programas que buscan responder a nuevas necesidades de la sociedad en ámbitos como la cultura, la educación, la acción social o la innovación.

Durante la presentación de “Huesca en la paleta de sus pintores (1850-1950)”, el director general José Luis Rodrigo recalcó que este año es “muy especial” para la Fundación y que la conmemoración es un motivo añadido para seguir promoviendo iniciativas en todo el territorio y acercar la cultura a un público lo más amplio posible. La propia exposición, dijo, es un buen ejemplo de esa estrategia.

Rodrigo destacó que la intención es “regalar a los oscenses la posibilidad de reconocer y redescubrir su ciudad” a través de una mirada rigurosa y a la vez cargada de afecto por parte de sus pintores. También puso en valor el “talento infinito” del Alto Aragón y recordó el reconocimiento institucional recibido recientemente por el centro cultural con motivo del Tour del Talento y la visita de la Princesa de Girona, un respaldo que, según afirmó, refuerza su compromiso con la cultura en Huesca.

El objetivo declarado es que el público salga de la muestra con una sensación doble: por un lado, la de haber activado la memoria, revisando la ciudad de sus padres y abuelos; por otro, la de sentirse invitado a mirar Huesca con otros ojos a partir de ahora, consciente de que cada esquina, cada fachada y cada horizonte pueden convertirse en tema artístico.

Todo el recorrido expositivo deja claro que la ciudad no es un escenario estático, sino un organismo vivo que cambia con el tiempo, mientras que las obras de estos siete pintores funcionan como un hilo que conecta pasado y presente, patrimonio y vida cotidiana, y confirman que Huesca ha sido, y sigue siendo, un motivo de creación para varias generaciones de artistas.

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