Cuando paseamos por cualquier ciudad española, es prácticamente imposible no toparse con el emblemático logotipo de El Corte Inglés. Aunque para la mayoría es simplemente una marca familiar, la realidad es que su identidad visual es el resultado de décadas de cambios y la suma de talentos que, en muchos casos, quedaron olvidados en los libros de historia del diseño gráfico.
Desde sus humildes comienzos como una pequeña sastrería en la calle Preciados de Madrid, la empresa ha sabido adaptar su imagen para pasar de ser un negocio local a convertirse en un gigante de los grandes almacenes. El camino hacia el actual anagrama verde ha estado lleno de anécdotas, pinceles importados de Estados Unidos y una evolución tipográfica fascinante.
Los primeros pasos y la era de las letras negras

La compañía nació en 1890, tomando su nombre de un tipo de corte de traje muy popular en aquella época. Sus primeros intentos de imagen corporativa fueron bastante austeros; el primer logo registrado en 1909 consistía básicamente en el nombre escrito en mayúsculas y color negro, sin ningún adorno ni símbolo que lo acompañara.
Con el paso del tiempo y la expansión del negocio bajo la dirección de Ramón Areces, la marca empezó a buscar una personalidad propia. En 1947 se implementó un rediseño que introdujo una tipografía renovada y el eslogan «siempre a sus órdenes». Para los años 50, la empresa ya utilizaba la frase «donde la calidad supera al precio», sentando las bases para la creación de un tipo de letra exclusivo que diferenciara a la marca de sus competidores.
Francisco Castillo: El genio anónimo del anagrama

El verdadero salto cualitativo ocurrió gracias a Francisco Castillo, un rotulista que entró a trabajar en la empresa hacia 1949. Paco, como le llamaban sus allegados, no tenía una formación académica convencional, sino que había aprendido el oficio pintando carteles de cine, donde molía pigmentos y dominaba el uso de la cola blanca.
La historia cuenta que Ramón Areces le encargó inicialmente la rotulación de un par de furgonetas de reparto. Al ver su destreza con el pincel, el director general le pidió que diseñara un anagrama más moderno. Así nació la famosa letra manuscrita que hoy todos reconocemos. En sus inicios, las tres palabras se organizaban en forma de pirámide, situadas en líneas diferentes.
A pesar de que su trabajo se convirtió en uno de los logos más reconocibles del país, Francisco Castillo permaneció en el anonimato durante décadas. Era un empleado más en un estudio ubicado en la calle Tetuán, donde trabajaba con herramientas especializadas que traían expresamente de Estados Unidos, ya que en la España de la posguerra la industria del rotulado estaba muy atrasada.
La evolución hacia el triángulo y el color verde

El logotipo no se quedó estático. Poco después de la versión piramidal, apareció una disposición horizontal de las palabras. No fue hasta 1961, cuando Francisco ya no formaba parte de la plantilla, que se introdujo el famoso triángulo. Curiosamente, en sus primeras versiones el vértice apuntaba hacia la izquierda, pero posteriormente se decidió girarlo hacia la derecha para darle una orientación más dinámica.
El cambio más radical llegó en 1971, año en el que la marca abandonó el negro para adoptar su característico color verde. En este periodo, el calígrafo argentino Ricardo Rousselot fue el encargado de pulir la tipografía definitiva. Rousselot no inventó la letra desde cero, sino que se inspiró profundamente en el trazo original que había dejado Castillo años atrás, logrando el equilibrio final que vemos hoy en día.
Un legado de humildad y oficio

La trayectoria de Francisco Castillo es un ejemplo de pasión por el trabajo bien hecho. A pesar de que tuvo la oportunidad de ascender a jefe de estudio, prefirió rechazar el cargo para evitar el estrés de las responsabilidades y priorizar su salud y felicidad personal. Tras dejar la empresa en 1959, trabajó de forma independiente y más tarde en la marca de cosmética Juvena, donde lideró equipos de arte.
El proceso de creación de este icono español demuestra que la gran publicidad a veces nace de manos artesanas y autodidactas. El logotipo de El Corte Inglés es mucho más que una firma corporativa; es la huella de un rotulista que, con pincel en mano y mucha humildad, trazó una de las señas de identidad más potentes del comercio en España.

