El Museo Nacional del Prado ha dado un paso inédito en su historia al dedicar, por primera vez, una exposición monográfica íntegramente centrada en la fotografía procedente de sus propios fondos. Lejos de ser un simple apéndice de sus grandes lienzos, este patrimonio fotográfico se revela como una pieza clave para entender cómo se ha visto, difundido y recordado el museo desde el siglo XIX.
Bajo el título El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartida, la muestra invita a pararse a mirar cómo las imágenes han servido como puente entre la pinacoteca y la sociedad: reproducciones de cuadros, vistas de salas, tarjetas postales y otros formatos que convirtieron al Prado en un museo «transportable», doméstico y coleccionable, primero en Europa y después a escala internacional.
Una primera exposición fotográfica con sello propio
La exposición actual se presenta expresamente como la primera muestra monográfica de fotografía realizada íntegramente con fondos propios del Prado, un matiz importante que la diferencia de otras ocasiones puntuales en las que ya hubo imágenes fotográficas en sus muros, como en 1899 con motivo del centenario de Velázquez.
La muestra puede visitarse en la sala 60 del edificio Villanueva, el espacio asociado al programa Almacén abierto (ver información de museos para creativos), y estará abierta al público hasta el 5 de abril. Este programa, activo desde 2009, está orientado a presentar colecciones del siglo XIX mediante proyectos de pequeño formato que permiten sacar a la luz piezas que normalmente permanecen en reserva por motivos de espacio o conservación.
En este caso, el recorrido se articula a partir de 44 obras seleccionadas de una colección que supera las 10.000 fotografías, un conjunto en continua ampliación que el museo considera de gran relevancia patrimonial y que hasta ahora apenas había tenido presencia en el discurso expositivo general.
La comisaria, Beatriz Sánchez Torija, del área de Dibujos, Estampas y Fotografías, ha diseñado un itinerario que combina piezas de enorme valor documental con ejemplos muy representativos de las técnicas y formatos fotográficos utilizados entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Fotografía y memoria visual del Prado
Lejos de limitarse a ilustrar cuadros célebres, las imágenes seleccionadas muestran cómo la fotografía se convirtió en una herramienta esencial para construir la memoria visual del Prado. Las obras reproducidas, las salas retratadas y los pequeños detalles de cada toma permiten reconstruir la historia material y museográfica de la institución.
Muchas de las fotografías permiten recorrer visualmente la Galería Central, la sala de Murillo o la antigua galería de escultura, entre otros espacios icónicos. En estas vistas, la cámara registra paredes repletas de cuadros, sistemas de calefacción hoy desaparecidos, tipos de mobiliario ya en desuso y la aparición, a veces fugaz, de visitantes y trabajadores en un momento en el que era habitual mostrar las salas prácticamente vacías.
Para el director del museo, Miguel Falomir, esta exposición subraya el papel de la fotografía como “un puente entre el museo y la sociedad”, al poner en primer plano una disciplina que ha sido crucial tanto en la gestión interna de la colección como en su circulación pública. La fotografía, señala la institución, ha adquirido un peso creciente en el ámbito museístico y en la cultura contemporánea.
El conjunto de imágenes demuestra también que el Prado no solo conserva pinturas y esculturas, sino que custodia la forma en que esas obras han sido vistas y compartidas a lo largo del tiempo: desde las primeras reproducciones comerciales del siglo XIX hasta la consolidación de la cartofilia y las postales como vía cotidiana de difusión.
De los primeros negativos a la difusión masiva
El proceso sistemático de fotografiar las obras del Prado arrancó alrededor de la década de 1860. Las limitaciones técnicas de los procedimientos de la época obligaban con frecuencia a sacar los cuadros al exterior del edificio para aprovechar mejor la luz natural, algo que hoy resultaría impensable en términos de conservación.
Una vez obtenidos los negativos, los fotógrafos producían positivos en formatos estandarizados que podían comercializarse, lo que propició una rápida circulación de imágenes del museo entre el público general, coleccionistas, especialistas y profesores de historia del arte. Este flujo de copias dio al Prado una presencia inédita más allá de sus salas físicas.
Entre las técnicas representadas en la exposición figuran copias a la albúmina, al carbón y a la gelatina, así como distintas reproducciones fotomecánicas. A ello se suman formatos muy populares en su momento, como las cartes de visite, las tarjetas estereoscópicas o las tarjetas postales, fundamentales para la expansión de la imagen del museo a comienzos del siglo XX.
La generalización de la postal impulsó la llamada cartofilia, el coleccionismo e intercambio de tarjetas ilustradas, una afición que llegaba incluso a la propia monarquía. Estas piezas, impresas mediante técnicas como la fototipia, hicieron posible que las obras del Prado “salieran” del museo y pasaran a formar parte de álbumes, correspondencia privada o archivos personales repartidos por toda Europa.
El museo conserva además conjuntos especialmente tempranos, como las imágenes de Jane Clifford sobre el Tesoro del Delfín, fechadas en torno a 1863 y consideradas las fotografías más antiguas realizadas por una mujer de las que hoy integran la colección fotográfica del Prado, aunque no todas formen parte de esta muestra concreta.
Fotógrafos que fijaron la imagen del Prado
Una de las líneas de fuerza de la exposición es el reconocimiento a los fotógrafos y casas editoras que contribuyeron a fijar la imagen del Prado y sus obras maestras en la memoria colectiva. Entre los nombres más destacados figuran Juan Laurent, José Lacoste, Juana Roig, Braun, Moreno, Anderson, Hanfstaengl, Jane Clifford o Hauser y Menet, entre otros.
Sus trabajos no solo documentaban cuadros y esculturas, sino también la vida interna del museo. Algunas imágenes muestran, por ejemplo, cómo se vendían reproducciones en la Galería Central, algo que ilustra la vertiente comercial y divulgativa de estas fotografías en el siglo XIX.
Gracias a su labor se popularizaron internacionalmente obras como La rendición de Breda —conocida también como Las lanzas— de Velázquez, junto a numerosas piezas que pertenecían tanto al Prado como al antiguo Museo de la Trinidad antes de su integración en la pinacoteca madrileña.
La comisaria recuerda que en el siglo XIX el Prado no contaba con fotógrafos en plantilla; existían profesionales y compañías autorizadas que acudían al museo a reproducir las obras y distribuían después esas imágenes. No fue hasta mediados del siglo XX, en torno a 1950, cuando el museo comenzó a incorporar fotógrafos de manera estable en su equipo.
Entre los conjuntos más llamativos se encuentran las fotografías asociadas al tercer centenario del nacimiento de Velázquez, cuando se encargaron reproducciones de obras que no figuraban en las salas del Prado. De esa ocasión procede, por ejemplo, la imagen del retrato de la infanta Margarita conservado en Viena, cuya copia fotográfica se colgó entonces en el museo.
1899: la primera vez que se expone fotografía en el Prado
Uno de los hitos históricos que rescata esta muestra es el de 1899, año en que se exhibió por primera vez fotografía en el Museo del Prado. Sucedió durante la reorganización de las salas llevada a cabo con motivo del centenario de Velázquez, una efeméride que supuso una revisión profunda de la presentación de la colección.
En aquel contexto, y ante la ausencia de ciertas obras en la pinacoteca, el museo solicitó a diversas compañías fotográficas reproducciones de cuadros de Velázquez que no se encontraban físicamente en sus salas. Algunas de esas imágenes se colgaron junto a las pinturas originales, configurando una experiencia inédita para los visitantes de la época.
Según explica Beatriz Sánchez, esa primera presencia de fotografía tenía ya un claro objetivo expositivo: acercar al público piezas inaccesibles mediante su reproducción en papel, tanto si estaban en otras colecciones como si no podían exponerse por criterios de conservación o falta de espacio.
La exposición actual retoma ese episodio histórico y lo sitúa en un hilo continuo que llega hasta hoy, evidenciando cómo la fotografía ha pasado de ser un recurso auxiliar a convertirse en objeto de estudio y patrimonio en sí misma, al nivel de otras disciplinas tradicionalmente más reconocidas.
Esta mirada de largo recorrido permite entender por qué el Prado habla ahora de la fotografía como “memoria compartida”: las imágenes no solo recuerdan cómo eran los cuadros o las salas, sino también cómo el museo se ha mostrado y se ha contado a generaciones de visitantes, investigadores y amantes del arte.
De herramienta técnica a patrimonio cultural
Más allá de su valor estético, las fotografías exhibidas tienen una importancia notable para el estudio técnico y la investigación. Restauradores e historiadores recurren a estos documentos para comprobar el estado de las obras en distintas fechas, identificar posibles repintes o intervenciones pasadas y analizar marcos, cartelas y números de inventario que ayudan a reconstruir itinerarios museográficos.
Las imágenes también han sido cruciales en casos muy concretos, como el de la recuperación de un boceto de Murillo, La educación de la Virgen, sustraído hace décadas. Las fotografías históricas donde aparecía colgado en las salas del Prado sirvieron como referencia para reconocer la pieza y confirmar su procedencia.
El ámbito docente se ha beneficiado igualmente de esta colección: la posibilidad de disponer de reproducciones detalladas de pinturas y esculturas facilitó a los profesores de historia del arte preparar sus clases y mostrar detalles que, de otro modo, habrían sido difíciles de observar fuera del propio museo.
Con el paso del tiempo, la acumulación de copias a la albúmina, al carbón, a la gelatina y de reproducciones fotomecánicas ha dado lugar a un auténtico archivo visual que documenta cómo se ha exhibido y estudiado el Prado. Ese archivo, en constante crecimiento, es el que ahora se presenta al público como un patrimonio que merece ser visto y no solo consultado en depósitos especializados.
La muestra, integrada en el programa Almacén abierto, refuerza la idea de que el Prado es también un lugar para pensar la imagen fotográfica: cómo se utiliza, cómo se interpreta y de qué manera condiciona nuestra forma de mirar las obras maestras de la pintura europea.
Todo este recorrido, articulado en torno a 44 piezas pero respaldado por un fondo de más de 10.000 fotografías, permite entender mejor la dimensión menos visible del Museo del Prado: la de un espacio que no solo conserva cuadros y esculturas, sino también las huellas visuales de su propia historia, desde los primeros negativos a la luz natural hasta las postales que viajaron en bolsillos y cartas por toda Europa.




