
En pleno auge de la inteligencia artificial en la educación, una pequeña revolución silenciosa está teniendo lugar en las aulas universitarias: el regreso de las máquinas de escribir. Lo que podría sonar a capricho nostálgico se ha convertido en una herramienta pedagógica para frenar los trabajos escritos por algoritmos y devolver a los estudiantes la experiencia de redactar sin ayudas digitales.
La iniciativa no parte de una universidad europea, sino de la estadounidense Cornell, pero conecta de lleno con debates que ya se están produciendo en campus de toda Europa y España sobre cómo evaluar de forma justa en la era de ChatGPT y otros modelos generativos. Lejos de la imagen romántica del escritor bohemio, las máquinas de escribir se utilizan aquí como un cortafuegos analógico frente al copia-pega digital.
Máquinas de escribir en la universidad para frenar la IA
La protagonista de esta experiencia es Grit Matthias Phelps, profesora de alemán en la Universidad de Cornell, que decidió plantar cara al uso masivo de herramientas de IA y traductores automáticos entre su alumnado. Frustrada por recibir redacciones «demasiado perfectas» para proceder de estudiantes de nivel inicial, comenzó a sospechar que buena parte de los textos estaban generados o pulidos por software.
Según ha explicado en distintas entrevistas recogidas por medios como Associated Press, New York Post o cadenas estadounidenses, Phelps llegó a la conclusión de que estaba corrigiendo trabajos que sus alumnos no habían escrito realmente. Se preguntó entonces qué sentido tenía evaluar textos impecables a nivel gramatical si el proceso de pensamiento y redacción no era suyo.
En lugar de limitarse a perseguir el fraude o a instalar detectores de IA, la docente optó por un giro radical: incorporar máquinas de escribir manuales a sus clases. Compró varias decenas en tiendas de segunda mano y mercados digitales, incluyendo modelos clásicos de marcas como Remington u Olivetti, y las integró formalmente en el programa bajo el nombre de «tareas analógicas».
Estas tareas consisten en redactar ensayos breves, poemas o críticas de películas en clase, sin portátiles, sin móviles, sin correctores ortográficos y, por supuesto, sin traductores automáticos. Solo papel, tinta y teclas. El objetivo es obligar a los estudiantes a enfrentarse a la escritura sin redes digitales que les corrijan o escriban el texto por ellos.
Un choque generacional con la tecnología analógica
Para los alumnos, la primera sesión con máquinas de escribir es casi un mini curso de arqueología tecnológica. Muchos reconocen haberlas visto solo en películas antiguas o escaparates vintage, pero sin haberlas tocado jamás. De hecho, tareas tan básicas como introducir el papel o entender el mecanismo de retorno del carro resultan completamente nuevas.
Phelps tiene que dedicar parte de la clase a explicar, paso a paso, cómo alimentar el folio, cómo golpear las teclas con suficiente fuerza para que la letra marque, pero sin desplazar los tipos, y qué significa la campanilla que suena al final de cada línea, aviso de que hay que devolver manualmente el carro. Para algunos estudiantes, el famoso «return» del teclado informático cobra así un sentido literal.
Varios jóvenes citados por medios estadounidenses admiten que al principio se sintieron desorientados y torpes. Una alumna de primer curso, Catherine Mong, contaba que no tenía idea de lo que estaba pasando al entrar al aula y encontrar máquinas de escribir en cada pupitre. Sabía que existían, pero nadie le había explicado cómo se usaban.
Más allá del desconcierto inicial, la experiencia también revela limitaciones físicas imprevistas. La mayoría de los participantes descubre que sus dedos meñiques no tienen fuerza suficiente para activar todas las teclas de forma sostenida. Muchos acaban escribiendo con los índices, a un ritmo más lento y selectivo, casi picoteando el teclado.
En algunos casos, las dificultades se multiplican. Mong, por ejemplo, afrontó la prueba con una muñeca recién lesionada y solo una mano disponible, lo que convirtió el ejercicio en un reto doble: aprender a manejar un aparato desconocido y, al mismo tiempo, adaptarse a una limitación física que hace aún más evidente la lentitud del proceso.
Escribir más despacio para pensar mejor
La esencia del método no está solo en el artefacto, sino en el cambio de ritmo que impone. El uso de máquinas de escribir obliga a los alumnos a pensar antes de pulsar cada tecla, sabiendo que no existe una tecla de borrar que lo arregle todo ni un botón de deshacer que lo deje como estaba.
Esta ausencia de corrección instantánea transforma la forma de abordar el texto. Algunos estudiantes explican que, al escribir a máquina, se detienen a planificar la frase en su cabeza antes de teclearla, en lugar de ir improvisando y confiando en el corrector ortográfico del ordenador. La equivocación se convierte en algo visible: hay que tachar con una «X» o volver sobre la línea, y la huella del error permanece en la hoja.
Esa materialidad de la falta, lejos de vivirse como un drama, se integra en el proceso de aprendizaje. Phelps anima a sus alumnos a aceptar la imperfección del resultado y a mantener las hojas con tachones como recuerdo de su evolución. Algunos, como la propia Mong, han llegado a guardar todas las páginas erróneas y plantearse colgarlas en la pared como símbolo del esfuerzo realizado.
Otros estudiantes aprovechan la limitación para experimentar con la forma del texto y con tipografías de máquina de escribir. Inspirándose en poetas como E. E. Cummings, juegan con los márgenes, los espacios irregulares y la disposición visual de las líneas, de modo que lo que podría haber sido un simple ejercicio académico se convierte también en un pequeño laboratorio de creatividad tipográfica.
Menos pantallas, más conversación en el aula
Uno de los efectos colaterales más llamativos de estas «tareas analógicas» es el cambio en la dinámica de la clase. Sin ordenadores, móviles ni pestañas del navegador abiertas, se reducen de golpe las distracciones típicas de cualquier aula conectada: notificaciones, mensajes instantáneos, redes sociales o consultas rápidas a Google mientras se escribe.
Varios estudiantes señalan que, en ese contexto, se ven casi obligados a hablar más entre ellos. Ante la imposibilidad de recurrir a un traductor automático, cualquier duda de vocabulario, sintaxis o expresión en alemán se convierte en motivo de consulta al compañero. Phelps no solo tolera ese intercambio, sino que lo promueve como parte del ejercicio.
Un alumno de ciencias de la computación, Ratchaphon Lertdamrongwong, resumía la experiencia diciendo que la diferencia de escribir a máquina no está solo en la relación con el aparato, sino en la manera en que se interactúa con el entorno. Comentaba que durante la redacción de una crítica de cine en alemán tuvo que socializar mucho más, algo que, en su opinión, era habitual en las aulas antes de la era digital.
El propio estudiante reconocía que, sin la posibilidad de abrir una pestaña y preguntar a la IA de turno, se vio «obligado» a pensar por sí mismo en el problema lingüístico, en lugar de delegarlo en una búsqueda rápida. Lo que podría sonar exagerado es, para muchos docentes, el núcleo del asunto: recuperar la autoría intelectual de los trabajos frente al automatismo de las respuestas generadas por algoritmos.
Para preservar ese espacio libre de pantallas, la profesora incluso cuenta con una ayuda poco habitual: sus hijos pequeños, de siete y nueve años, que actúan como una especie de «soporte técnico». Su función no es tanto arreglar averías como vigilar que ningún teléfono móvil aparezca sobre la mesa y que las normas analógicas se cumplan a rajatabla.
Una tendencia global que mira también a Europa
Aunque el experimento de Cornell se ha hecho viral por lo llamativo de las máquinas de escribir en pleno siglo XXI, no es un caso aislado. En Estados Unidos se observa una tendencia creciente a recuperar exámenes en papel, pruebas orales y tareas realizadas íntegramente en el aula, precisamente para limitar el uso de ChatGPT y otras herramientas de IA durante la evaluación.
En Europa y en España, el debate va por caminos similares, aunque no siempre con soluciones tan vistosas. Muchas facultades han empezado a revisar sus sistemas de evaluación, reforzando pruebas presenciales y trabajos que exigen fases intermedias supervisadas por el profesor. La preocupación de fondo es la misma: cómo evitar que el estudiante delegue la redacción completa en un asistente virtual.
La estrategia de Phelps, basada en un regreso radical a lo analógico, pone sobre la mesa una pregunta de fondo que resuena también en las universidades europeas: ¿hasta qué punto la tecnología, pensada para ayudar, está vaciando de contenido el proceso de escribir y aprender? Y, sobre todo, ¿qué herramientas tienen los docentes para garantizar la honestidad académica sin caer en una vigilancia constante?
De momento, su apuesta no pretende convertirse en un modelo universal, pero sí funciona como laboratorio de ideas en un contexto en el que muchas instituciones exploran fórmulas híbridas. En ese escenario, no sería extraño que, más allá de Estados Unidos, algunas universidades europeas se planteen introducir ejercicios similares, quizá no con máquinas de escribir físicas, pero sí con espacios y tiempos estrictamente desconectados.
Todo este movimiento apunta en la misma dirección: recuperar la lentitud, la concentración y la propiedad del texto en un entorno inundado por algoritmos capaces de redactar en segundos. La escena de un aula llena de jóvenes tecleando en máquinas antiguas puede parecer anacrónica, pero para muchos docentes es un recordatorio de que, más allá del brillo de las pantallas, escribir sigue siendo pensar palabra a palabra, con sus dudas, sus errores y su pequeño ruido mecánico de fondo.

