Vivimos rodeados de una sensación de crisis encadenadas y futuro bloqueado. No hace falta que nadie nos lo cuente: lo notamos en el cuerpo, en las noticias, en la ansiedad de no saber qué mundo heredarán las próximas generaciones. Se habla de “policrisis” para resumir el cóctel de emergencia climática, desigualdad, agotamiento de recursos y tensiones sociales que nos empujan hacia un posible sexto gran evento de extinción. A veces da la impresión de que quienes toman decisiones a gran escala ven ese desenlace como un efecto colateral aceptable, cuando no como un precio asumible para mantener el sistema tal y como está.
Sin embargo, al mismo tiempo se abre una ventana que algunos han empezado a llamar “poli-oportunidad”: si afrontamos estos problemas de forma sistémica, creativa y colaborativa, el potencial de transformación es brutal. En un contexto donde parece que el futuro se cancela o se privatiza, ayudar a la gente a reconciliarse con el mañana y a enamorarse de sus posibilidades se convierte casi en un acto de rebeldía. Como recordaba bell hooks, “lo que no podemos imaginar, no puede llegar a existir”. Y aquí es donde entra en juego una constelación cada vez más visible de makers, hackers, artistas y diseñadores.
Makers, hackers, artistas y diseñadores: una misma tribu de creadores
Detrás de etiquetas que a veces parecen mundos separados, late una idea muy sencilla: hackers, makers, artistas y diseñadores son, sobre todo, “makers”, hacedores. Personas que construyen cosas: software, instalaciones, dispositivos, experiencias inmersivas, obras de arte, publicaciones, performances o herramientas colectivas. Igual que en otros tiempos lo eran pintores, arquitectos o compositores, hoy quienes programan, fabrican o cruzan disciplinas trabajan con nuevos materiales: código, datos, biología, sonido, luz, redes y herramientas de software creativo.
Durante décadas se ha vendido la imagen del hacker como alguien frío, técnico, casi clínico; y la del artista como un ser arrebatado por impulsos irracionales. La realidad cotidiana desmiente esa caricatura: tanto quien programa como quien pinta o diseña se enfrenta al mismo tipo de reto creativo: hacer algo que funcione, que tenga sentido y, cuando se puede, que sea bello. La programación, bien entendida, no es solo “ingeniería”, igual que la arquitectura no es únicamente cálculo estructural: la diferencia entre qué se hace y cómo se hace se difumina en los proyectos que de verdad importan.
Buena parte del mundo académico ha metido todo esto en el saco de la “ciencia de la computación”, mezclando matemáticos puros, teóricos de algoritmos, experimentadores de redes y hackers que crean software como quien esculpe. Esa etiqueta ha generado a menudo una presión para producir papers en lugar de producir buen código. Se premia lo que es fácil medir (publicaciones, líneas de código, patentes) y no tanto lo que a la larga marca la diferencia: la calidad del diseño, la claridad del código, la experiencia real de las personas que se relacionan con ese trabajo y recursos para superar el bloqueo creativo.
En el ámbito empresarial, la distorsión va por otro lado: muchas grandes compañías fuerzan a los buenos programadores a encajar en el molde de “implementadores” que traducen especificaciones ajenas. La parte creativa -decidir qué hay que construir y por qué- se deja a product managers y comités. El resultado son productos funcionales pero raramente brillantes, diseñados para “no fallar demasiado” en lugar de para abrir caminos nuevos. En cambio, los entornos donde makers, hackers, artistas y diseñadores pueden decidir, probar y equivocarse suelen ser startups, colectivos independientes, labs híbridos o proyectos de código abierto.
Del colapso a la imaginación: la emergencia de un “futurismo positivo”
En los últimos años se ha ido consolidando una corriente que podríamos llamar “futurismo positivo”: no un optimismo naïf que ignore los problemas, sino una práctica crítica que explora futuros deseables y creíbles, apoyados en tecnologías y cambios sociales ya en marcha. Frente al discurso apocalíptico constante, la pregunta cambia: ¿cómo sería un 2030 que ha salido razonablemente bien?, ¿qué sentiríamos al vivir en barrios sin coches, ciudades llenas de árboles, trabajos con sentido y relaciones más justas entre humanos y resto de especies? Autores, artistas y colectivos están jugando con el tiempo para abrir esas grietas de posibilidad y explorar visiones tecnológicas del futuro.
Autores, artistas y colectivos están jugando con el tiempo para abrir esas grietas de posibilidad. Aparecen propuestas como Black Quantum Futurism, Muslim Futures, Black Utopias o la “Imagination Activism” de Moral Imaginations, que reescriben el futuro desde perspectivas afrofuturistas, decoloniales o queer. Artistas como Camille Turner o Cauleen Smith, y figuras míticas como Sun Ra, que se autodefinía como un ángel venido de Saturno con una mezcla de certeza y humor, han puesto en el mapa narrativas donde el mañana no está condenado a repetir el mismo guion opresivo.
En paralelo, educadores y comunidades locales experimentan con “máquinas del tiempo” simbólicas, espacios “What If” y relatos “thrutópicos” (futuros que se alcanzan atravesando el barro del presente), como en la novela de Manda Scott, para facilitar conversaciones profundas sobre cómo podríamos vivir de otra manera. El objetivo no es maquillar la realidad, sino generar experiencias que hagan tangible, por unos minutos, la sensación de “esto podría funcionar”.
Una consecuencia interesante de estos experimentos es que las fronteras entre arte, activismo, tecnología y diseño se vuelven borrosas: los makers construyen prototipos de futuro, los hackers fabrican ficciones interactivas, las artistas colaboran con científicas, las diseñadoras repiensan infraestructuras urbanas y dispositivos cotidianos.
Dispositivos que te enamoran del futuro: de las “field recordings” a las máquinas de la fortuna
Un ejemplo especialmente potente de esta mezcla de disciplinas es el proyecto “Field Recordings from the Future”, creado en colaboración entre un activista climático y el músico de ambient Mr Kit. La idea es aparentemente sencilla: componer música a partir de grabaciones de sonido de lugares que ya hoy suenan como querríamos que sonara el futuro. Barrios sin coches donde se oye sobre todo conversación y bicicletas, granjas regenerativas llenas de insectos y aves, paisajes renaturalizados por castores, “horas punta” de bicis en ciudades que se han tomado en serio la movilidad sostenible. Estas piezas se acompañan de proyecciones envolventes con imágenes de esos lugares, muchas veces creadas con editores de imagen del futuro, y todo se narra como si el equipo hubiera viajado en el tiempo a observar ese 2030 posible. El público se ve rodeado por el sonido y la luz de esos mundos cercanos pero todavía poco habituales, y el efecto emocional es intenso: no se trata solo de entender con la cabeza que existen alternativas, sino de sentirlas en la piel, de dejar que “el futuro entre dentro de ti mucho antes de que ocurra”, parafraseando a Rilke.
Otro dispositivo clave en esta línea es la llamada “máquina de contar la fortuna” del 2030, diseñada junto con un diseñador industrial y una futurista. Inspirada en esas viejas máquinas de feria donde una figura animada te leía el futuro, esta versión actualizada afirma estar descargando tu destino desde un 2030 que ha salido lo mejor posible. Pero las “fortunas” que reparte no son promesas mágicas, sino pequeñas escenas plausibles basadas en tendencias reales:
- Vecindarios que organizan fiestas de calle para celebrar la primera cosecha de perales plantados donde antes había asfalto.
- Hogares que ya no pagan factura de electricidad porque tienen 10kW de solar en el tejado y baterías que les permiten vender más energía de la que compran.
- Ciudades donde los desplazamientos en bici superan a los realizados en coche, mejorando la calidad del aire y la salud general.
- Programas municipales que garantizan que toda persona pueda ver al menos un árbol desde su ventana, con beneficios psicológicos medibles.
- Urbes donde, por fin, hay más árboles que habitantes y empiezan a sentirse como bosques habitados más que como junglas de hormigón.
- Calles en las que mujeres y niñas pueden moverse con seguridad a cualquier hora del día y de la noche.
- Una humanidad que logra descifrar el canto de las ballenas y recibe un mensaje tan mordaz como inspirador: “deja tu curro absurdo y hazte agricultora de algas”.
Lo fascinante no es solo el cacharro en sí, sino la reacción de la gente que hace cola para pulsar el botón. Muchas personas se quedan asombradas al descubrir que la “fortuna” que les aparece encaja con algo que ya están empezando a hacer (apuntarse a una cooperativa energética, implicarse en un huerto urbano, cuestionarse su trabajo actual). La máquina actúa así como espejo, catalizador y acelerador de deseos latentes.
A partir de esta primera máquina se ha ido articulando una comunidad de hackers, makers, artistas de IA, diseñadoras y personas técnicas con el objetivo de imaginar una especie de “arcade del futuro”: una colección de dispositivos interactivos que, en lugar de robarte monedas a cambio de unos minutos de distracción, te devuelvan ganas de participar en la construcción del mañana. La ambición, en su versión más desatada, es crear algo así como el reverso luminoso de “Dismaland” de Banksy: un parque de experiencias del que salgas con los ojos brillando y la cabeza llena de ideas prácticas, inspiradas por proyectos como redifiniendo el lego del futuro.
Para que estos artefactos funcionen, se han definido una serie de criterios compartidos. Los dispositivos han de ser:
- Transportadores: capaces de sacarte, aunque sea un momento, del aquí y ahora, suspendiendo la incredulidad y haciendo creíble un cambio profundo.
- Temportalmente fluidos: permitiendo moverte entre pasado, presente y futuro, tomando perspectiva histórica y abriendo la imaginación a otros ritmos de tiempo.
- Educativos sin moralina: basados en lo que Damon Gameau llama “sueños basados en evidencias”, mostrando soluciones reales y escalables en lugar de utopías vacías.
- Inspiradores: capaces de disparar la sensación de agencia, de “yo también puedo hacer algo”, en vez de reforzar la parálisis.
- Sorprendentes y bellos: con un nivel de diseño, acabado y asombro que te deje con la boca abierta, porque la forma importa tanto como el contenido.
Además, se insiste en que sean portátiles, de bajo consumo, construidos con materiales reciclados y compartidos como código abierto, para que cualquiera pueda replicarlos y adaptarlos. Se mira de reojo a proyectos como el dibujo psicológico de Lindsay Braman, el Obraphone, instalaciones holográficas ingeniosas, las interfaces cinéticas de estudios como Breakfast Studio o propuestas como “A View from a Bridge”. La idea es construir no solo objetos, sino una comunidad de práctica que los sostenga.
Hackers, Makers, Thinkers: fermentar lo social con bioarte y DIWO
Si hay un lugar donde esta alianza entre makers, hackers, artistas y diseñadoras se ve con claridad es en iniciativas como la serie “Hackers, Makers, Thinkers: Collective Experiments in Social Fermentation” de Art Laboratory Berlin. En pleno reajuste tras el impacto de la pandemia, este proyecto juntó a seis artistas y colectivos internacionales para explorar cómo las prácticas bioartísticas y colaborativas podían transformar nuestros modos de estar juntas y juntos.
Una de las claves curatoriales fue adoptar explícitamente el enfoque DIWO (Do It With Others), que va un paso más allá del clásico DIY. No se trata solo de “hazlo tú mismo”, sino de “hazlo con otrxs”: cruzar saberes, mezclar contextos culturales, contaminar (en el buen sentido) comunidades creativas para generar un “bioma socio-cultural” fértil en un Berlín post-COVID.
El colectivo surcoreano Rice Brewing Sisters Club (RBSC) puso sobre la mesa esta mezcla literal y metafórica de fermentación en su obra TERRESTRIAL-CELESTIAL. Partiendo de técnicas tradicionales de fermentación de arroz aprendidas durante el aislamiento en Corea, llevaron esos procesos a jardines urbanos y espacios expositivos berlineses, trabajando con huertos comunitarios y jardineros, muchas veces migrantes, para activar tanto microorganismos del suelo como historias de vida.
El procedimiento consistía en usar el nuruk, un iniciador de fermentación coreano, y la técnica de compostaje seokkeottuiumbi. Se formaban bolas de arroz que servían de incubadora de microorganismos locales, captando la microbiota del suelo. Después, esas bolas se devolvían a los jardines como “semillas” microbianas para mejorar la salud del terreno. En paralelo, cada encuentro con las personas que cuidaban esos espacios estaba atravesado por relatos personales, memorias, tradiciones culinarias y cosmovisiones. Como decían las propias artistas, la fermentación social estaba tanto en “tus historias y tu suelo” como en lo que pasaba a nivel microscópico.
Otra pieza, Entangled Beauty. A Perfect Marriage de la artista indonesia Irene Agrivina, exploraba la simbiogénesis entre plantas acuáticas y cianobacterias en un dispositivo que era a la vez bio-batería, instalación artística y altar. La asociación entre el helecho acuático Azolla y la cianobacteria Anabaena, capaz de fijar nitrógeno, generaba fertilizante natural, ayudaba a limpiar el agua y producía electricidad suficiente para alimentar un componente sonoro de la obra.
Todo ello se enmarcaba en el universo espiritual y rural del sudeste asiático, con referencias a Dewi Sri, diosa indonesia de la fertilidad y el arroz. Según el mito, su cuerpo al caer del cielo se transformó en las plantas básicas para sostener la vida. La ciencia moderna atribuye a las cianobacterias el haber oxigenado la atmósfera hace miles de millones de años, permitiendo la aparición de organismos complejos. Colocar estos relatos en paralelo cuestiona las fronteras rígidas entre mito y biología, mostrando cómo diferentes lenguajes han intentado explicar el mismo milagro: que haya vida aquí.
Cianobacterias rebeldes, virus aliados y organismos imaginarios generados por IA
Donde Agrivina subraya el potencial generativo de las cianobacterias, la instalación Holobiont: Relics from the Revolution de Cammack Lindsey se centra en su cara más inquietante: su papel protagonista en las floraciones algales masivas que envenenan ríos y lagos, robando oxígeno y liberando toxinas. Eso sí, dejando claro que el problema no está en las algas, sino en el modelo industrial y agrícola que sobrecarga los ecosistemas con nutrientes y residuos.
La obra imagina una fábrica ficticia donde se extraen toxinas de cianobacterias para convertirlas en productos rentables, y una revolución en la que la clase trabajadora más precarizada establece una alianza paradójica con estos organismos tóxicos. A través de un musical de ciencia ficción y una instalación que canta, literalmente, se construye un relato de simbiogénesis política: una revuelta compartida contra los sistemas que explotan tanto a humanos como a no humanos.
Uno de los momentos más inquietantes llega cuando el reactor de cianobacterias interpreta la canción de Brecht O Falladah, Da Du Hangst (Ein Pferd Klagt An), donde un caballo exhausto cae y la población hambrienta lo devora. El animal se pregunta qué habrá llevado a gente antes amable a un acto tan desesperado. El mensaje, subtitulado, resuena como una advertencia: “ayudadles, y hacedlo pronto, o viviréis algo que ahora os parece imposible”.
La taiwanesa Pei-Ying Lin lleva más de una década explorando artísticamente los virus, mucho antes de que la COVID-19 pusiera el tema en primer plano. Su proyecto Virophilia -que incluye libro, instalación y performances culinarias- parte de la hipótesis de que, para el siglo XXII, la humanidad habrá integrado los virus en su vida cotidiana de formas creativas, más allá de verlos solo como patógenos.
“Cookbook for the 22nd Century” propone recetas que usan propiedades virales para modificar sabores, texturas o respuestas fisiológicas: cócteles que cambian de color, comidas que provocan fiebre ligera para activar el sistema inmune, alimentos fermentados donde virus específicos potencian aromas. La instalación incluye un scroll con una lista interminable de virus conocidos y vídeos de las performances culinarias realizadas incluso en plena pandemia, invitando al público a pensar en los virus como aliados potenciales, herramientas e interlocutores, no únicamente amenazas.
El colectivo mexicano Interspecifics presenta, por su parte, Codex Virtualis, una especie de taxonomía de formas de vida que nunca han existido en la naturaleza. A primera vista, los vídeos parecen mostrar microorganismos bajo el microscopio: pequeños seres que se mueven, reaccionan a estímulos y se relacionan entre sí. Pero todo está generado mediante redes neuronales y algoritmos evolutivos: son organismos especulativos, habitantes de un meta-ecosistema digital.
El sistema crea, en 3D, poblaciones artificiales que responden a su entorno, intercambian características genéticas, mutan y se adaptan. El resultado es un archivo en expansión de criaturas imposibles pero coherentes, que obliga a preguntarse qué consideramos “vida”, cómo definimos la naturaleza y qué papel juega la IA en la exploración de futuros (y pasados) biológicos alternativos.
Khipus electrónicos, memoria ancestral y tecnología situada
El recorrido del proyecto “Hackers, Makers, Thinkers” se cierra con una mirada al pasado como territorio de especulación: la artista chilena Constanza Piña Pardo lleva años investigando el khipu inca, un sistema prehispánico de registro de información basado en cuerdas anudadas. Poco se sabe con certeza de su estructura formal completa, pero sí que funcionó como tecnología administrativa, contable y posiblemente narrativa.
En su instalación Khipu, Piña Pardo imagina ese dispositivo como un ordenador textil y astronómico en el que ella misma se integra como procesadora humana. La pieza, junto con un libro de artista y una serie de talleres, plantea la pregunta: ¿cómo habrían sido nuestras tecnologías digitales si se hubieran desarrollado desde otras culturas y cosmovisiones, no exclusivamente desde la tradición eurocéntrica?
La obra se presenta como un diario astronómico bio-digital que registra movimientos celestes y eventos significativos en 180 hilos de lana, anudados siguiendo un código binario. Un solo hilo dorado marca un eclipse solar que la artista presenció, conectando experiencia personal y ciclo cósmico. Cada cuerda contiene además un alambre de cobre que forma parte de un circuito capaz de captar cambios electromagnéticos en el espacio expositivo y traducirlos en sonido, generando una experiencia inmersiva similar a un gigantesco instrumento de cuerdas suspendido sobre quienes lo contemplan.
Incorporar esta instalación al conjunto de la exposición añade una capa de calma y contemplación, un recordatorio de que el futuro tecnológico no tiene por qué sacrificar el ritmo lento, el cuidado o el trabajo procesual recuperado por muchas artistas durante el confinamiento. Dentro de la pregunta curatorial “What’s Next”, este khipu electrónico sugiere que las historias culturales fermentadas a lo largo de siglos pueden inocular nuevas formas de vida en los biomas artísticos que vendrán.
Hacking como arte, arte como hacking: aprender haciendo y colaborando
Si ampliamos el foco más allá de proyectos concretos, aparece un patrón claro: hackers y artistas aprenden y trabajan de un modo muy parecido. Igual que una pintora mejora cuadro a cuadro, ajustando detalles, corrigiendo proporciones y reaprovechando soluciones que funcionaron en obras anteriores, quien programa suele avanzar a través de ciclos de prueba, error y refinamiento.
Durante años se enseñó a programar como si se tratase de planificar un sistema perfecto en papel antes de tocar un ordenador. En la práctica, la mayoría de buenos hackers descubrieron que lo que les salía natural era algo mucho más cercano al boceto: escribir código medio roto, ejecutarlo, ver qué pasa, depurar, refactorizar, limpiar, volver a probar. Un proceso casi idéntico al del esbozo en lápiz que luego se va repasando con tinta, color y textura.
Este “programar bocetando” tiene implicaciones de diseño importantes. Los lenguajes de programación y las herramientas ideales para makers deberían ser maleables, flexibles, tolerantes al cambio de opinión. Lenguajes que se parezcan más a un lápiz que a una pluma estilográfica: permiten borrar, reordenar, improvisar. De ahí tantas críticas a los sistemas excesivamente rígidos, pensados para implementar especificaciones inmutables más que para pensar con el código en la mano.
También se repite otro aprendizaje transversal a todas las disciplinas de creación: se aprende haciendo y estudiando ejemplos y practicando técnicas como deep work para creativos. Pintoras copiando a los maestros en museos, escritoras reescribiendo textos de referentes para entender su estructura, arquitectos dibujando planos de obras icónicas. Del mismo modo, muchas personas han aprendido a programar gracias a poder leer código de calidad, y el movimiento open source ha sido una bendición en este sentido: hoy cualquiera puede explorar sistemas complejos, ver cómo se organizan, qué decisiones se tomaron y por qué.
Finalmente, hay una lección sobre colaboración. En los talleres renacentistas, diferentes manos trabajaban en un mismo cuadro, pero cada persona se encargaba de una parte bien delimitada: el maestro pintaba las figuras principales, aprendices se ocupaban de fondos, ropajes, detalles secundarios. Lo que no se hacía era que varias personas manipularan de forma caótica las mismas secciones centrales de la obra. En software, tiene sentido algo parecido: modularidad clara, propiedad definida de cada módulo, interfaces bien diseñadas. Cuando muchas manos tocan el mismo código sin coordinación, inevitablemente acaba pareciéndose a un salón común abandonado, lleno de muebles desparejados.
En todos estos casos, lo que diferencia un trabajo simplemente correcto de uno memorable es una especie de obstinación por el detalle y la belleza interna. Igual que Leonardo se entretenía en pintar una a una las hojas de un arbusto que casi nadie miraría de cerca, el buen hacker cuida la indentación, los nombres de las variables, la simetría de los módulos, incluso aquellas partes del sistema que el usuario final nunca verá. A largo plazo, esa suma de minucias invisibles se nota: los proyectos bien diseñados envejecen mejor, se mantienen con menos esfuerzo y, sobre todo, resultan un placer de usar y de leer. Esa atención incluye prácticas como llevar un diario creativo para documentar procesos y errores.
Todo esto nos devuelve al punto de partida: la alianza entre makers, hackers, artistas y diseñadores se ha convertido en un motor clave para imaginar y prototipar futuros vivibles. Desde bio-baterías rituales hasta taxonomías generadas por IA, pasando por máquinas que descargan fortunas desde 2030, khipus electrónicos o instalaciones de fermentación social, estas comunidades están demostrando que la imaginación no es un adorno sino una infraestructura básica. Y aunque sus aportes a menudo no se reconozcan al nivel de grandes informes o tratados científicos, son precisamente estas prácticas híbridas las que están ayudando a muchas personas a reconciliarse con la idea de que otro mañana no solo es necesario, sino perfectamente posible.